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lunes, 24 de marzo de 2014

Somos y seremos.


¿Qué pasa cuando los días dejan de rodar en torno a una misma realidad? Cuando el orden acontece caótico y el que conocíamos como núcleo fundamental, cambia de posición. ¿Es la vida quien vela por nosotros? ¿O quizás no hay nadie que nos ampare?

Continuemos despertándonos en soledad, vagando sin sentido por un mundo insostenible. Dormimos en una esfera donde la noche ya no se viste de cielos estrellados, y el día se ha inundado de una oscuridad parecida a la de una cortina de nubes sobre un pueblo dolorido. Seguimos anhelando un suspiro, una oportunidad, esperanzas de vida que no llegan nunca y constituimos una sociedad opaca, sin pies ni cabeza. Cada paso es una lágrima y cada palabra un porcentaje de oxígeno desperdiciado. Nuestros días constituyen una cuenta atrás en un tiempo agonizante. Hoy es el día siguiente y el ayer ya se ha apartado para no volver a acercarse nunca más. El tiempo alcanza un infinito y ha perdido su sentido completo. Las posibilidades se acaban… Y el crepúsculo conquista nuestros corazones. Corazones de piedra. Corazones narcisistas e inertes. Corazones que alcanzan cuerpos muertos, alimentándose de sangre fría. Latiendo por calles frías y parados que resuenan día y noche de entre las almas de una antigua sociedad. Una sociedad emprendedora, ansiosa de justicia y con anhelos de libertad. Una sociedad extinguida que hoy sólo existe en el recuerdo. Existe en los cerebros de aquellos que reclaman aquello que les corresponde detrás de una barrera molesta. Continúa existiendo en la memoria de los que viven en tiempos complicados por los soñadores.

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