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domingo, 10 de noviembre de 2013

¿Exceso de comunicación?



Alguien me comentó el otro día, con tremendo disgusto, que uno de sus hijos le había increpado porque necesitaba hablar con su madre y ésta estaba, entre le Facebook, el WhatsApp y el teléfono siempre ocupada y no podía atender a una de sus peticiones. A parte del egoísmo de los hijos hacía los padres, que no quieren nunca nada hasta que ellos son los necesitados, llevaba razón en cuanto lo agobiante que a veces supone poder atender tantas peticiones por parte de amigos, amantes o familia, a través de tantos medios de comunicación de los que ahora disponemos 

Hay días, y a todos nos pasa, que estás contestando en un foro de Facebook, Twiter u otras redes sociales, se te abre el chat de Facebook con alguien que quiere hablarte -cuando ya estás hablando con otra persona- te suena el WhatsApp y el teléfono al mismo tiempo. Hay días que te gustaría ser egoísta y enviarlo todo a la mierda y poner el cartel de “Cerrado, me he ido a Sebastopol” y empezar a mirarte tu propio ombligo.

Todo tiene un límite y esto es demasiado y eso que el que me conoce bien sabe lo defensor que soy de la comunicación y a la velocidad que te enteras hoy de cualquier cosa que pasa en el mundo. Casualmente una amiga, a través del FB nos reclama hoy mismo, con petición de auxilio, nuestros teléfonos pues por circunstancias ha perdido la agenda y se encuentra como un naufrago en una isla desierta.

Todo lo que sea avanzar en tecnología comunicativa es bueno, pero como todo lo bueno, si se digiere en exceso, suele ser perjudicial. Va llegar el momento que vayamos con los amigos de comida y utilicemos el WhatsApp para dialogar porque habremos perdido la facilidad del habla.


Yo me muevo mucho por las redes sociales, me gusta escribir y comunicar lo que siento o veo pero soy persona de comunicación verbal, y eso también lo sabe quién me conoce, me encantan las tertulias y sobre todo, una bonita conversación delante de dos cervezas. Costumbres que empezamos a perder y no deberíamos.

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