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martes, 17 de septiembre de 2013

Una vida muy pequeña



Una gota cae sobre la faz inmaculada del agua,
una gota que remueve y  ondula, diminuta, insignificante.
Un suspiro que no se siente en una noche oscura sin luna.
Un aullido lastimoso, imperceptible, pero constante. 

¿A quién puedes culpar cuando nadie tiene la culpa? 
Sin dioses en que creer, ¿en que creemos si no creemos? 
No puedes derrochar la vida  aullándole a la luna 
pero nadie te dice donde está el límite de los inconscientes. 

Cerrados los ojos, las imágenes son más nítidas que nunca 
y al llorar los párpados se entreabren, involuntariamente, 
te obligan a ver un mundo que ya no será el mismo de ayer, 
que gira y gira aunque tú hayas perdido el último tren. 

Una lágrima cae y rueda sobre una foto un tanto reciente 
que parece que no sea tuya, y cae a tierra sin hacer ruido 
de tan pequeña, pero se rasga en mil pedazos igualmente 
porque nadie la puede reducir como no se puede reducir tu  dolor. 

El eco de los pasos se difumina pasillo arriba, oscuramente, 
Donde los aromas sutiles son traidores como alas de mosca,
invisibles manos, palabras rebotadas, imágenes indolentes 
que se ríen por los rincones y desprecian tu angustia. 

Cuando despiertas del sueño todo parece tan real, tan doloroso,
que saltas corriendo buscando respuestas encontrando la realidad
de una habitación vacía y fría, y te quedas en el umbral, en la oscuridad, 
viendo sin ver que no has soñado nada, que todo es verdad. 

No puedo dejar de pensar que valoramos muy poco la vida,
acostumbrados a levantarnos cada día y que cada día no pase nada, 
pero a veces algo, sin explicación cambia 
y ya no volvemos a ser los mismos... ¡nunca más!               alf.

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