Welcome Message

martes, 18 de junio de 2013

Añoranza



Un viento frío y húmedo me hiela la piel, una corriente eléctrica penetrante me recorre la espalda de arriba abajo adentrándose hasta mis entrañas. Las nubes grises oprimen mi pecho, una niebla espesa inexistente me dificulta la respiración, las costillas se me clavan en los pulmones cada vez que inspiro una bocanada de aire. El corazón late a un ritmo desacompasado, bombea en dos tiempos descoordinados y regala un pinchazo de vez en cuando para recordarme quién soy. Un cosquilleo incansable me domina las extremidades, un hormigueo aterrador que no cesa y enciende mis nervios de mala manera, alimentando la ansiedad y la angustia. De mis ojos se deslizan suaves gotas de agua, chorrean pequeñas y tiernas lágrimas mientras en contradicción mis ojos rojizos y extrañados queman de dolor y desesperanza. Un curioso temblor domina mis dedos mientras mi mente libra una batalla inútil para que estos vuelvan a su estado natural, que tan sólo provoca una impotencia aún mayor.
Cierro los ojos desorientado, aferrado con fuerza las sábanas esparcidos sobre la cama. Pulso con fuerza todos los músculos del cuerpo, sufriendo por un dolor interno que no me deja vivir, inicio un combate entre mi cuerpo y mi mente. Del cuello me salen palabras ahogadas, palabras sin sentido que no ven la luz, que antes de llegar a la boca son bloqueadas bruscamente por la falta de aire en mis pulmones. Son gritos silenciosos, que callan fuera y suplican dentro, piden que se cumplan los sueños que los alimentan, dotados de desesperación.
La lucha dura unos minutos, unos segundos que me roban la vitalidad y la fuerza que aún quedaba en mí. El dolor penetrante y la angustia se apoderan del cuerpo, reducen sus amplias capacidades en opresivas limitaciones, convierten lo vivo en lo muerto, transforman las escasas esperanzas en razones impenetrables para abandonar. El castigo se detiene cuando falla el cuerpo y la mente, cuando agotado caigo inerte sobre la cama incapaz ni siquiera de incorporarme. Es entonces cuando ni el más mínimo reducto de energía me permite abrir los ojos, pensar brevemente quién soy y dónde estoy. Mi cuerpo está muerto, aquella rigidez de pasión desaparece y deja a su paso unos músculos débiles y blandos, cansados ​​y exhaustos del esfuerzo. La espalda inmóvil ofrece un dolor penetrante que se adentra hasta los huesos en forma de pinchazos calientes y profundos. Las lágrimas se secan lentamente, como el cariño que un día sentiste por mí, dejando la silueta de su rastro sobre mi piel. Es entonces, cuando impotente de conferir cualquier palabra o pensamiento que se aleje de ese sufrimiento, recuerdo que te quiero. Entiendo que a pesar del dolor en la más pequeña parte del cuerpo te tengo que esperar, tengo que seguir soñando en ti, te imagino a mi lado mientras me curas tú misma las heridas que me has dejado. A continuación, derrotado y vencido por un mal invisible que se hace llamar amor, me duermo, visitándote en sueños y viviendo la vida que deseo por unas horas, sabiendo que mañana al despertar, iniciaré de nuevo el camino que tú me dejaste.(Coleguita)


1 comentario:

Anónimo dijo...


Vencidos
Derrotados
Sin aliento
Tristes
Pobres de luz
Vacíos de esencia
¿Quienes? Medio mundo y el otro medio, duerme.

Despierta y vive

Un beso