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sábado, 11 de mayo de 2013

Sex shop



Esto me lo contó una amiga no hace mucho. Fue su primera experiencia en un Sex shop, situado en el barrio del Carmen, y tal y como me lo contó, con su permiso y obviamente cambiando nombres y permitiéndome algunas licencias literarias, os lo cuento.

"Eran las doce menos cuarto de la noche y mi amiga y yo salíamos del restaurante chino con un par de sorbos de flores de más. Julia, que así se llamaba, me estaba animando a salir y hacer vida social después de mi divorcio. Veintitrés tres años casada con el mismo granuja, sin haber conocido hombre y llevando una vida de desgracias, sufrimiento y lágrimas, se terminaron hacía poco más de mes y medio.
Ahora la vida me sonreía y, con Julia, más que nunca, por eso lo tenía que aprovechar. Después de una noche de confesiones de cama y risas, mi amiga lo tenía decidido.
- Chica, mañana te llevo de cabeza a un sex shop!
- ¿Qué dices?
- ¡Y tanto! No puede ser que con cuarenta y seis años no sepas qué es un orgasmo en condiciones. 
Aquella madrugada caí en la cama y quedé dormida al instante, pero con una sonrisa dibujada en los labios porque sabía que el día siguiente sería el inicio de un montón de sensaciones nuevas que esperaban por mí. 
Al día siguiente, con el correspondiente dolor de cabeza por la resaca, esperaba con impaciencia que Julia me viniera a buscar. Dimos una vuelta y fuimos de compras. Mientras tomábamos una cerveza con pistachos, me advirtió de la clase de juguetes que vería en esa tienda, que los tiempos habían cambiado mucho y que debía evitar escandalizarme. Me sugirió que debía hacer el papel de mujer con experiencia que buscaba nuevos entretenimientos y que todo aquello se me quedaba pequeño. Me pareció tan divertido que no veía el momento de empezar mi actuación. Por el camino íbamos practicando la clase de frases que diríamos a la dependienta del sex shop: 
- Perdone, estoy en el gremio de actores pornográficos y busco juguetes de último modelo - bromeaba Julia. ¡Qué ocurrencia! 
- Disculpe, pero creo que he entrado en la zona infantil, ¿donde compran los adultos? - Interpreté. 
- ¡Vamos, niña! ¡Sí que tienes peligro, tú! - Rió mi amiga. 
Y, finalmente, llegamos delante de la tienda. El dibujo de una chica con disfraz de enfermera sexy presidía la puerta. Entramos. Dentro, el local estaba decorado con cuadros eróticos y una gran bola de discoteca en el techo. Las paredes estaban cubiertas de terciopelo rojo. Toda una pared de repisas soportaban miles de consoladores, pechos de plástico, vaginas artificiales, aceites exóticos y un montón de varios juguetes sexuales más. En el otro lado, todo de DVDs pornográficos y una pantalla de televisión que reproducía algunas escenas sin sonido. En el centro había una estatua de una mujer vestida de cuero y medias de rejilla, con una bandeja en las manos que ofrecía diferentes clases de artilugios eróticos. Al fondo, un par de dependientas iban atendiendo a un montón de clientes, la gran mayoría hombres mayores y parejas jóvenes. 
Mi amiga y yo recorrimos cada rincón de la tienda y con cada objeto se me abría un nuevo mundo inexplorado. Reímos de lo lindo cuando topamos con un consolador que se llamaba “Baboso”. En la explicación de la caja decía que estaba hecho de un material blando y desprendía su propio semen artificial sólo al tocar un botón. 
- ¡Me lo compro! - Grité en medio del sex shop con algo de entusiasmo de más, mientras todos los clientes se quedaron mirándome. 
- Como actriz del cine erótico que soy, debo aportar nuevas ideas a la industria  Dijé en voz alta.
No sabía si había logrado no parecer una principiante, pero lo que sí sabía es que esa misma noche me dispondría a dejar de serlo."

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