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lunes, 13 de mayo de 2013

Puzles



La mujer del señor Guillén, el contable, tiene los pechos más grandes que Raúl Algorit haya visto nunca. Desde que ella acompañó a su marido a una cena de empresa en vísperas de Navidad -con un vestido escotado que fue tema de conversaciones furtivas- Raúl siempre imagina el señor Guillén con la cabeza hundida en el hoyo acolchado, engullido hasta las orejas en aquellas magníficas tetas. Pero si tiene que escoger unas piernas, las de Rosa, la secretaria de dirección, son las más espléndidas: bronceadas y refulgentes, terminan con unos pies calzados con zapatos de tacón de aguja. Y sobre nalgas, Raúl presume de ser un experto: durante la pausa del almuerzo, es capaz de hacer largas disertaciones ante los compañeros y siempre llega a la misma conclusión: el culo de Carlota Ruíz, la directora de marketing, es el más bien proporcionado y de líneas más armoniosas (los trajes de chaqueta ajustados que lleva favorecen esta apreciación). Pero de quien Raúl está maravillado es de Irina, la camarera de origen eslavo y expresión luminosa del restaurante donde suele comer. 

Mientras vuelve a casa, piensa que si pudiera reunir los pechos de la señora Guillén, las piernas de la Rosa, el culo de Carlota Ruíz y la cara de Irina, cada pieza del rompecabezas configuraría un conjunto perfecto, el ideal de belleza femenina según Raúl Algorit. Siempre lamenta estos pensamientos cuando, en casa, Marta lo recibe con un beso cálido de bienvenida. Al anochecer, conversan animadamente con una bebida en la mano, cenan, miran un rato la televisión y, en la cama, Marta se le abre de piernas. Raúl es bajo, piensa Marta mientras observa su vaivén entusiasta, no tiene la planta de Manuél, el guardia de seguridad del despacho, ni los bíceps del Wilfredo, el monitor del gimnasio, ni la mata de cabello del joven carnicero de Mercadona. Con todos estos elementos, Marta podría hacer encajar un puzzle del hombre ideal, sobre todo si añadiera el miembro, grueso y juguetón, de Arnau del cuarto segunda.

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