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sábado, 18 de mayo de 2013

Bajo el cielo que yo recuerdo




Dos y dos son cuatro. Una mente brillante no lo admitiría pero yo soy normal. Un hombre y sus convicciones, qué sutileza. Descubrí que te quería y sigo perplejo. No me ubico ni me importa y no me apetece que me entiendan. El mundo se ha fundido. Hazme hablar como los poetas. 

Bajo el cielo que yo recuerdo todo es conmovedor. 

Alteraciones sutiles de la naturaleza, latidos discordantes bajo la ropa, al empedrado de los caminos y más allá de los campos labrados. 

El lugar es tranquilo y un poco estrafalario, perdido en la periferia de la nada. Nos sentamos en las escaleras de una iglesia olvidada. Has venido. Estoy contento pero lo disimulo, no me gusta ser estridente. He cosechado un ramo de flores y te lo pongo en la falda. Son silvestres. Me dices que te gustan. Se te escapa un suspiro y te sube la sangre a las mejillas. 

Cada pequeño gesto lo eclipsa todo, arranca sonrisas tontas y nos muestra lo que somos en realidad: dos almas que esperan, dispuestas, a la pérdida de los estribos, el desplome de las paredes, ese instante dramático, dulce o convencional en que las lenguas se abrazan al amparo de unos ojos cerrados, cada día más ciegos. 

En ti está el ritmo de la danza, la caricia y el deseo, en ti una mata de hinojo, ternura, salobre, infinita. Dispendio de emociones. Los cerebros se colapsan y nace un lenguaje sin habla, cada palabra es una verdad como un templo, cruda, íntima y latente. Nadie duda de unos cabellos tan delicados ni de esas manos que los envuelven. La realidad del momento lo convierte en irreal y, por tanto, perfecto. Me quedaría aquí para siempre. 

Hay miradas que no entiendo y me limito a corresponder. No necesito saber qué piensas. Cada vez que contemplas el paisaje me invade una sospecha: tus ojos tomaron el color de todo lo que observabas con deleite. 

Bajo el cielo que yo recuerdo todo es conmovedor. 

Hemos sido justos y turbios. Hemos sido incandescentes. Hemos sido aviadores sin oxígeno devueltos a la tierra. Hemos sido intensos, directos, egoístas, suaves y convincentes. Hemos sido viento después de la lluvia y estrellas que se apagan. Hemos sido nosotros mismos. Hemos estado a la altura. 

La acción febril no redime el tiempo ni lo hace desaparecer.  Somos furtivos y prevenidos. Las puestas de sol pesarán sobre nosotros como testigos mudos o invitados de piedra a en cada despedida reticente. Concédeme una prórroga fugaz, diez segundos más de tus labios y digámonos adiós. Yo te esperaré otro día, aquí como de costumbre, con el corazón en las manos y un beso de bienvenida.

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