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jueves, 25 de abril de 2013

Homo erectus





Un estudio reciente afirma que el tamaño del pene humano es consecuencia de la selección natural. Según los científicos debemos agradecer las dimensiones de nuestro aparato -mucho mayor que la de otros primates- a las miles de generaciones de féminas que, lejos de creer que en el bote pequeño se encuentra la buena confitura, habrían elegido los machos mejor dotados para procrear, estableciendo una correlación lineal entre tamaño y atracción sexual. 
Mientras le doy vueltas a la noticia sospeso contundentemente mis genitales con una mano, rubricando orgulloso la tesis que acabo de leer en el periódico. A pesar de las capas de ropa que la esconden, noto como mi gorrión –empuja con una fuerza desconocida, como si, envalentonado por la noticia, quisiera reivindicar su papel protagonista en esta historia y se va despertando con una tirantez característica .
Sin, de momento, hacer demasiado caso del prodigio sigo con mis reflexiones darwinianas. "Resulta que ahora, de repente, nuestro miembro viril es comparable -evolutivamente hablando, claro- en el cuello de las jirafas o el camuflaje de los camaleones", pienso mientras mi polla gana volumen bajo los calzoncillos. Por otra parte, concluyo con una sonrisa socarrona, la hipótesis rebate la teoría -que durante siglos ha tranquilizado a miles de hombres poco equipados -según la cual el tamaño no tiene ninguna importancia. Cabe decir que el estudio -reflejado en formato breve en las páginas centrales del dominical- no aporta muchos datos específicos, y la falta de información técnica y precisa da pie -mientras mi sexo reclama desde su habitáculo, cada vez más empequeñecido, mi atención -a hacer volar mi imaginación. 
La imagen, tan cómica como poco rigurosa, la forman unas hembras de Homo erectus, peludas y de mandíbula prominente, midiendo a palmos las vergüenzas de los miembros del clan, mientras éstos, templados como una mala cosa, huelen enloquecidos las feromonas esparcidas en el ambiente. El casting sexual entre homínidos me pone sorprendentemente a cien y, por fin, liberado mi falo -enorme, tensado y de un rosa brillante- de su cautiverio con la intención de aliviar mi deseo inminentemente. Entonces, todas esas imágenes históricas -motivadas por la teoría evolucionista- más o menos precisas, alimentan mi excitación. 
Faraones, emperadores romanos, monjes franciscanos, soldados napoleónicos, personajes de todas las épocas desfilan empalmados por mi cabeza enturbiado por la ansiedad. Sus pivotes, descomunales y erectos intuyen claramente bajo sus indumentarias y una hilera interminable de mujeres -que tienen unos pechos inmensos y, qué casualidad, la cara de la vecina -esperan a ser penetradas. Finalmente, mi manga, después de bombear insistentemente durante pocos segundos, explota convulsivamente rociando de líquido lechoso del artículo inspirador. 
El instante coincide con la llegada de mi mujer que, azorada por la escena me reprende: "¿Se puede saber que cojones haces?". Con la tita en pleno desinfle -debido al orgasmo y al susto descomunal- y los pantalones hasta los tobillos, intento articular una explicación. Haciendo unos cortos pasitos  -como un pingüino miedoso -me arrastro avergonzado hacia ella, tratando de justificar la situación. "Te lo puedo explicar, Rosa", improviso consciente de la esterilidad de la frase. "Haz el favor de subirte los pantalones, no seas ridículo!", El cabreo creciente le hace brotar unas burbujitas de espuma de las comisuras de los labios. Hago caso y con una sola mano -una telaraña blanquecina de líquido seminal embadurna la otra- escondo mi cigarra marchita y goteando. Con la dignidad restaurada -al menos en lo que respecta al atuendo-, cabizbajo y sofocado espero sumiso el abucheo final. Pero ella, como inspirada por una magia ancestral, me mira con una mezcla de ternura y deseo inesperados. Se aproxima sensual y dispuesta. Su mirada -de una profundidad inusual- rezuma todo el deseo de siglos y siglos de evolución humana. De repente, se abalanza sobre mí y, mordiéndome sutilmente la oreja y con una mano apretando posesivamente mi paquete me susurra: "Está un poco suelta pero ... me gusta tanto tu bizcocho!"

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