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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Trabajando (Relato erótico)




Introducción 

Donde yo trabajaba hace años, una pequeña industria familiar de unos 40 trabajadores, el archivo ha sido siempre una habitación con olor a humedad, en un rincón del gran aparcamiento del sótano de una nave industrial, 50m del edificio de oficinas, aislado, por el ruido de las máquinas que trabajan constantemente en la planta superior, por el tráfico de camiones por el patio y por la distancia a la oficina. 
Las estanterías, de aquellas de chapa gris que tanto se estilaban hace unos 30 años, tienen unos 2 metros de alto, formando estrechos pasillos por donde no pasan dos personas de frente, y utilizamos una inestable escalera de mano para acercarnos al estante superior. Es el lugar menos transitado de la empresa.

Relato 

Yo era un Ingeniero de aquellos que trabaja 11h. al día, se iba a casa a cenar con una pareja que no se le escucha y unos niños que no se acuerdan que existe, que se va a dormir y vuelve a levantarse cada día para volver a empezar, arrastrando los pies, sin cambios, sin primavera, siempre rodeado de gris.

Cuando María empezó a trabajar como administrativa para los ingenieros de la oficina, descubrí que algo se me movía dentro. Pasaron los meses, hablábamos de trabajo, los hijos, de la pareja, los desengaños de la vida... intentando siempre disimular la atracción salvaje que me provocaban su risa, su cintura, su voz, sus caderas. A veces me atrevía, en medio de la conversación, a tirar sutiles elogios a su belleza o de tipo casi sexual, lo que se dice "en segundas". Ella me miraba por encima de las gafas que se ponía para trabajar, y sonreía como pensando "... pobre animal...". Tenerla cerca era una tortura. Nos sentábamos espalda por espalda, y cada vez que yo me levantaba y volvía a mi sitio, no podía evitar mirarle el tanga, que sobresalía del pantalón que se le bajaba al sentarse. Dos veces me "cazó" en esta situación. La primera se puso roja (no tanto como yo) y no dijo nada. La segunda, como si ya estuviera preparada, sonrió y en voz baja me dijo "... ¿qué estabas mirando? ..." Como si regañara a un niño pequeño, cazado a medio hacer una travesura... y yo rojo y bloqueado. Al cabo de unos días, había poco trabajo, y bajamos los dos, para archivar un "pallet" entero de clasificadores, en el sótano. 

Ese día, ella llevaba una falda negra, corta sobre la rodilla y un jersey marrón de hilo, con un ancho cuello que le quedaba bastante escotado. Una vez en el sótano, ordenamos archivos dejando los del estante de arriba para el final. Como la escalera de mano era inestable, hablamos quién subía y quién aguantaba la escalera. Ella prefirió subir por cuestión de fuerza, y así, ella subía a la escalera, mientras yo le acercaba los archivos y aguantaba esta escala frontalmente (como si me dispusiera a subir detrás de ella) para que ésta no se moviera y ella no cayera. Cuando había subido tres peldaños, se gira con una risa traviesa y me dice: "... alerta donde miras, ¿eh?".Imagínese la situación. Yo, rojo, mirando al suelo, evitaba levantar la vista, pero a ratitos me era imposible y miraba de reojo. Aquello era inhumano. 

Cuando María empezó a bajar, levanté la cara distraídamente y, por accidente, sus nalgas rozaron con fuerza en mi cara. Ella se apartó hacia arriba, por un segundo, como asustada, como si se hubiera quemado con mi cara, pero casi al instante, medio girada en lo alto de la escalera, con su culo a la altura de mis ojos, me cogió por el pelo y me apretó la cara contra sus nalgas. 
En un latido, una vez superada mi sorpresa, yo le estaba hundiendo la cara en el culo tan profundamente como me permitía la falda, mientras torpe, le acariciaba con la mano derecha dándole besos y suaves mordiscos. Al cabo de unos instantes, con un pequeño suspiro, casi un gemido, vi que con su mano izquierda ella estaba peleando por levantarse la falda. Suavemente aparté su mano y con las dos manos, en un movimiento fuerte, que no brusco, le levanté la maldita falda hasta más arriba de la cintura. Dejando mis manos allí, a ambos lados por encima de sus caderas, para sujetar la falda con los dedos gordos, me detuve un segundo a contemplar con la cara estúpida de quien está viendo el Paraíso Terrenal, sus preciosas y firmes nalgas, enmarcadas por un sexy tanga negro, de esos de "beta ancho", que hacen forma de "y griega". Al cabo de un instante, volví a hundir la cara en sus nalgas, a besarla, morderla, todos los rincones, todas las curvas de su piel. Mientras bajaba hacia la base del culo, ella se inclinaba adelante, acercando sus nalgas a mí y dejando más accesible su entrepierna, su sexo, oculto aún por la suave tela negra. Yo podía sentir su respiración, fuerte, cortada de vez en cuando por suspiros incontrolados, pero no decía nada. Entonces, casi con un golpe de genio, le retiré el tanga hacia un lado y medio agachado, me puse a lamer con deleite la zona entre el ano y el sexo, pasando a su húmedo sexo, comiendo con desesperación, intentando meter la lengua lo más profundamente posible. Entonces, ella en un susurro me dijo "... Espera un momento...". 

Acabó de bajar la escalera, se volvió con dificultad (en la base de la escala había espacio sólo para uno y poco más), con la falda todavía subida y recogida en su estrecha cintura, y arañado su cuerpo al mío, apretando sus pechos contra mí, empezó a besarme con avidez, con mucha lengua, mientras con precipitación sus manos pugnaban por desabrocharme el cinturón y los pantalones. Yo, ya con los pantalones desabrochados, le aparté las manos, le saqué de un tirón hacia arriba su jersey marrón, descubriendo su sujetador, con transparencias, también negro como el tanga. Apoyándose atrás, de espaldas a la escalera, la volví a besar, mientras con una mano le acariciaba el pecho por encima del sujetador, y con la otra mano, puesta en su culo, le hacía restregar su pubis contra mi sexo, aunque ocultos ambos por la ropa interior. Haciéndole caer un tirante de su sujetador bajé por su cuello llegando a su hombro. Empecé a pelearme con el cierre del sujetador, pero antes de que tuviera tiempo, ella, mirándome a algún punto indeterminado de mis labios con los ojos entornados, comenzó a empujarme abajo, cogiéndome por el hombro, luego por la cabeza, situando mi cara otra vez a la altura de su pubis medio oculto aún por el tanga descolocado. Yo, de rodillas en el suelo, le bajé el tanga de una tirón sin dejar de mirar su sexo, depilado, arreglado, con sólo una franja de vello púbico, de unos 3x8 cm, y aprovechando que ella levantaba un poco la pierna derecha para dejarme terminar le de sacar la pequeña pieza negra, aproveché, tomando- la pierna por detrás de su rodilla, para levantarle arriba y apoyármela a la espalda. En esta posición nos miramos los ojos durante un segundo eterno, mientras con la mano derecha yo le acariciaba el reverso de su muslo, subiendo hacia el culo. Yo deseaba tener dos pares de manos adicionales para acariciarla toda. Ella puso suavemente las dos manos en mi cabeza, y me lancé a comer otra vez su sexo, a lamer con deleite, los pliegues y protuberancias de su piel , notando la textura de la miel incolora que segregaba su interior, siguiendo las indicaciones de su voz entrecortada, en medio de gemidos y suspiros, "... más arriba .. más abajo... ssssiii... ... Más rápido ... Ahhhh ... ". 

Medio ebrio de pasión, me di cuenta que ella me tenía cogida mi mano derecha y la presionaba contra su pecho, que sin saber cómo, ahora estaba desnudo, notando su pezón duro y erecto entre mis dedos. Sus gemidos aumentaban por momentos, en volumen y frecuencia. Yo, cercano a la eyaculación, rápidamente me puse de pie sin dejar de sostener su pierna derecha a la altura de mi cintura, mientras con la mano libre, intentaba liberar mi sexo. Era ella quien lo conseguía, tomándolo suavemente hasta introducirlo en su interior, con un espasmo de todo su cuerpo, abriendo la boca como haciendo un grito silente. Yo, fuera de mí, la levanté, cogiendo su otra pierna cerca de la cadera y penetrándola, un instante con mucho cuidado, pero casi inmediatamente comenzándome a mover con desesperación, a ritmo infernal, quemando toda la frustración y toda la pasión reprimidas en tantos años de vida cotidiana, en tantos meses de tener esa mujer allí, a mi alcance, pero sin atreverme a alargar el brazo y hacerla mía. Sus pechos saltaban, ella estiraba uno de sus brazos hacia arriba intentando agarrarse a un travesaño de la escalera mientras con el otro brazo agarraba a mi cuello, emitiendo gemidos, casi gritos de placer. Yo, jadeaba, soplaba, moviéndome totalmente ebrio, sintiendo la calidez de su cuerpo en mi sexo, desesperado, como si el fin del mundo tuviera que llegar de un momento a otro y estuviera esperando para morir así. Al cabo de unos segundos, me decía "...córrete, por favor... córrete... "aumentando aún más el volumen de sus gemidos. Aguanté apenas unos golpes de cadera más y me vacié en su interior gimiendo, aminorar el ritmo, pero sin dejar de moverme. Me quedé unos minutos en su interior, mientras le besaba en la boca, el cuello, los pechos... la boca otra vez. Luego, suavemente, la deposité pies en el suelo mientras nos apoyábamos el uno contra el otro, exhaustos, aturdidos y entumecidos por la adrenalina, entre más besos y caricias. 

Nos limpiamos rudimentariamente con pañuelos de papel, la cogí a cuestas, como lo hacen en las películas los recién casados, y me dejé caer sobre un sofá viejo, cubierto con un plástico que había en un rincón. Después de unos minutos de estar allí, acurrucados sin decir nada, recuperando la respiración, se movió y sin mirarme a los ojos me dijo "... va, que tenemos que ir a trabajar...". (continuará)

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