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sábado, 29 de diciembre de 2012

Por meterme donde nadie me llama



Un escritor local presenta su libro en la pequeña librería del barrio. He decidido ir consciente de la necesidad de apoyar a los nuevos escritores y de apartarle, como consumidor cultural, alguna piedrecita del camino que lleva hacia la fama y el reconocimiento. No conozco el autor, no conozco su obra, no he encontrado referencias en la sacrosanta red global de comunicación, no he leído su libro. Mi presencia en la presentación tiene una mezcla de acto de fe y de curiosidad. De lo que pueda deducirse de la charla y, sobre todo, del debate posterior, saldrá la decisión de comprar o no el libro. 

Me encuentro con la sorpresa que la respuesta a la convocatoria ha sido más bien escasa, escasa, osaría decir, ridícula. El cómputo global del acto es de nueve personas, pero si descontamos el propio escritor y los dos representantes de la editorial, sentados a la mesa, el dueño de la librería y las dos chicas de la televisión local que filman quince minutos y marchan, queda reducido a cuatro lectores potenciales. Así, los representantes del público, sentados en sillas plegables muy cerca de la mesa, somos, una pareja de ancianos que han leído el libro, según escucho, un chico de unos 20 años, inmutable, y yo, absolutamente cohibido ante la obvia imposibilidad de pasar desapercibido. 

Poco comunicativo como soy cuando no tengo confianza, tímido hasta el absurdo en este tipo de actos sociales, la situación me incomoda de manera tal que soy incapaz de entender completamente la introducción a la obra que hacen los editores ni la reflexión del propio, y pedante, autor. Cuando oigo a la editora citar a Kant, tiemblo levemente y cuando el autor aporta que la cita fue después matizada y desarrollada por Schopenhauer, me siento tan inferior intelectualmente que me anulo como ente pensante y potencialmente opinando.

La timidez y la inseguridad crónicas, con la adenda de la ignorancia comparativa y el objetivo de la cámara de televisión, que no me atrevo mirar ni de reojo, me va convirtiendo en una masa de carne y hueso sobrecogida al mirar, sonreír, disimular y consumir aire. 

El escritor habla y habla sobre la soledad y las conductas aberrantes con una seguridad, un entusiasmo, una entereza, un profesionalismo y una sangre fría absolutamente admirables teniendo en cuenta el panorama. Mientras habla, intento pensar en alguna pregunta inteligente con la que empezar un debate, o cubrir el expediente, pero como siempre en estas situaciones, olvido que jamás he sabido hacer, en caliente y en público, una pregunta inteligente sobre ningún tema. Las tres tipologías neuronales que dispongo en usufructo, a saber, las inertes, las catatònicas y las lentas, nunca han sabido darme una satisfacción en estas situaciones susceptibles de proporcionar prestigio social. Al contrario, la búsqueda de la pregunta me bloquea la concentración de tal manera que empiezo un bucle en el que no hay preguntas básicamente porque no dejo entrar la información. Cuando los datos ya no son más que chispas de agua que rebotan en mi caparazón impermeable, me convierto en un ente completamente inválido para el razonamiento. 

El autor finaliza rápidamente su exposición y comienza el turno de palabras. Se inicia un silencio lleno de miradas, Se escucha, de fondo, el ruido de la calle. –

- El libro es muy bonito-dice de pronto la señora mayor. 

- Gracias señora-dice el autor-pero no nos tenemos que quedar con una primera lectura. 

Nuevo silencio. Nos mira, expectante, al muchacho y a mí. Yo aguanto la mirada y sonrío, completamente mudo. 

- Si tiene algún comentario, al final del libro se encuentra la dirección de la editorial-dice el escritor

 - Bueno es saberlo-digo yo, sonrojado, trabándoseme la lengua, con un hilo imperceptible de voz que ni siquiera mi vecino de silla escucha. 

Silencio. Miradas interrogantes. La situación se vuelve ahora incómoda y como siempre, hayan cuatro o cuatrocientos, me siento responsable del mutismo de la sala. 

Vuelvo a sonreír. 

El anfitrión, consciente de su papel, hace una pregunta interesante sobre influencias y el límite entre copia y plagio que el autor responde gustoso. 

Vuelve el silencio. Vuelvo a sonreír, ahora encogiéndose de hombros. 

- Bueno, pues si no hay más preguntas ... ¿quizás ya podríamos terminar, no?

- dice el autor. 

Sonrío. 

Damos por terminado el acto y el librero nos invita a cava. El muchacho joven se levanta y se va despidiéndose educadamente. Yo la envidio secretamente, pero tengo el defecto de no saber irme de los sitios y me quedo. 

Mientras espero la bebida ojeo el libro presentado, pero el idioma me parece extraño, insondable. Llega el cava, me aferro a la copa, me acerco a la mesa sin abandonar la sonrisa, y el autor pone en marcha una pequeña tertulia sobre la poesía y la gente, es decir, el público potencial, que ni lee y ni tiene criterio. Suerte que lo tenemos a él. 

No acabo de coincidir con alguna de las opiniones pero a estas alturas soy incapaz de hacer un razonamiento lúcido y menos de articular una sola palabra. Observador inclasificable de una tertulia a la que no me han invitado, ¡sólo puedo soltar un adiós! sin pretensiones cuando marcho, discreto, hacia la puerta. 

Al salir a la calle el aire fresco me hace reavivar.

Luz Casal- No me importa nada

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