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martes, 4 de diciembre de 2012

La otra


Tiene la boca pequeña pero los labios anchos, carnosos, de un anaranjado o rojo suave, como una puesta de sol. Sus ojos redondos y marrón oscuro suelen transmitir todo su pesar, o toda su euforia en pequeños arrebatos no siempre explicables de manera lógica. No lleva un peinado concreto, más bien una multitud de pelo, eso si, limpios y finos, perfumados por alguna casa de champús de prestigio. Sus pómulos prominentes y las mejillas rosadas ayudan a percibir sus irregulares estados de ánimo, como si de un retrato al óleo se tratara, o un fresco de Michelangelo. Camina con paso decidido, con pasos cortos, levantando apenas del suelo su treinta seis, y un ritmo bastante bueno a pesar de la enorme bolsa colgada en una de los hombros que siempre le acompaña. En la bolsa lleva todo lo necesario para sentirse tranquila, paraguas, medicinas, documentos. A pesar de ello la inseguridad le persigue a menudo, unas palabras a destiempo, un pinchazo en la barriga, un recuerdo inoportuno, un espejo mal colocado. Entonces su bolso le pesa como un gran saco de patatas, y sus pequeños pies no pueden más que arrastrarla hasta casa que es donde más segura se siente y que le dé un poco de impulso. Cuando este estado llega, se despierta algo en su interior, como una bestia dormida hasta entonces en su cabeza, y comienza a morderla fuerte, a herirla, a desangrarla la espiritualmente. Me ha costado tiempo y llantos asumir que cuando esta fiera se despierta, su única vía de escape es el ataque, indiscriminado, sin mirar a quién y dónde. Porque entonces la lentejuela infantil de su mirada se vuelve pura lágrima, y ​​su dulce y graciosa voz en un aguijón. Y la bestia muerde que morderás, hasta dejarnos a ella y a mí extenuados, sin fuerza, con la cara hinchada y húmeda, y con el cerebro seco. No sé cuál es el origen de este depredador, de esta trampa mental, quizás sólo es la vida que de vez en cuando tiene que implorar justicia por alguna parte, y debe llamar aquí estoy yo, ¡quiero que me hagas caso! Cuando la bestia duerme ella sonríe a menudo, con los dientes limpios y ordenados, las mejillas subidas y los brazos abiertos. Faena sin parar, arriba y abajo, y yo la miro, me relaja verla así, y pienso que siempre estará así. Mientras me lamo las heridas, quiero estar listo para el próximo asalto.

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