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viernes, 30 de noviembre de 2012

Otros colores



Ya hace días que empecé este escrito y por entonces llovía y ese fue el motivo, o más bien la inspiración para escribirlo. Tengo algunos escritos inacabados, porque la inspiración no surge para su continuidad o por muy diversos motivos. Otros están en una carpeta a la que llamo “El frigorífico”. Estos, los que están en el frío, están acabados y listos para su publicación, pero o bien son demasiado fuertes, o bien pueden crear malestar a ciertas personas y no es el momento adecuado, y tal vez no se publiquen nunca… tal vez.
Pero vayamos al relato…

Mis pasos se ven reflejados cadenciosamente sobre el suelo húmedo. Camino o más bien paseo lentamente hacia mi propia nada. Es tarde de domingo. Tarde de lluvia. Tarde de nada. De manera desapasionada miro las fachadas de los edificios, hoy un poco más grises, un poco más pesados, un poco más ciudad... parecería como si su reflejo imperfecto que dan las losetas y adoquines fuera más vivo, más humano y más alegre que la realidad que lo provoca. Cae una fina lluvia que cada cinco minutos se detiene para volver a empezar, como si el mundo fuera un gran reloj y las nubes las manecillas que deciden, de manera un tanto esquizofrénica, donde dejarse caer. Aún así muy lejos, en el horizonte, puede vislumbrarse un trazo de cielo azul ya otoñal que me recuerda que por encima del gris hay otros colores. Por encima, por debajo... esté donde esté el gris, más allá hay otros colores. 

Por mucho que el gris lo llevemos dentro de nosotros, es más allá de dentro de nosotros donde también yo encuentro el color. Pero un domingo por la tarde quizá no es el mejor día para encontrarlos... ¿la lluvia? La lluvia no es el problema, es tan sólo un fenómeno. 

Muy a menudo la lluvia se encuentra dentro de nosotros, nos llueve y llueve un día tras otro... regamos nuestro mundo interior, nuestro propio caos con devastadores reproches, recriminaciones, arrepentimientos, angustias. Es quizá nuestra manera de fertilizar lo que parece que ha quedado yermo. Es quizás que, cansados ​​de nosotros mismos, necesitamos verter todos los estiércoles que día a día vamos tapando... y de golpe, sin avisar, toda esta heces nos caen encima, Recordar de que también somos esas heces y que no la podemos esconder. Nuestra propia mierda apesta por mucho que tratemos de negarlo, por mucho que intentamos no abrir las alcantarillas y las fosas sépticas de nuestra alma. Lo que hace falta es recordar, de vez en cuando, que nuestras miserias pueden dar nueva vida a nuestro día a día, de la misma manera como los campos no darían delicias si no los abonáramos, precisamente, con mierda. 

Esta lluvia gris, esta lluvia que nos recuerda que bajo nuestros cimientos se esconde un submundo-que algunos llaman subconsciente- que a mí me gusta conocer como la cloaca donde vive el monstruo, no es eterna... con las mismas leyes que mueven las nubes, también la cloaca tarde o temprano se vuelve a cerrar. La duración de la lluvia, sólo depende del tiempo que haga que no nos abocamos a nuestro submundo. 
Embobado con estos pensamientos no me doy cuenta que vuelve a llover. Con calma saco la funda a mi paraguas plegable, abriéndolo con un gesto un poco forzado. Es barato. Por eso se le debe ayudar a abrirse. Pero te cubre de la lluvia tanto como los más caros... bien, puede ocurrir que ante un fuerte golpe de viento en vez de un paraguas me encuentre sujetando una antena parabólica enfocada a un satélite imposible... pero puestos a perder el paraguas -lo que me acostumbro a pasar siempre que salgo y deja de llover-prefiero no sufrir. 

No voy a ninguna parte. Es un paseo y como todos los paseos no tienen ningún destino más allá del andar en sí mismo. No me apresuro para llegar a ninguna parte, a pesar de la humedad que poco a poco va cubriendo el borde de los pantalones que besan mis piernas con un roce frío y húmedo cada vez que doy un paso... incluso en verano y bajo un aguacero torrencial, la sensación es la misma. 

La gente aprecia poco el gris... Cézanne prefería pintar días grises, ya que pensaba que era en aquellas condiciones donde los volúmenes se ven tal como son, sin las caprichosas deformaciones que los claroscuros les imponen. No es frecuente encontrar pintura y tampoco fotografía que exprese la grisura... como mucho, los impresionistas y los más recientes hiperrealistas se han esforzado en plasmar la líquidos de los días de lluvia... ciertamente Antonio López ha pintado con gran maestría un día gris, pero un día gris y misérrimo de franquismo... tampoco se me debe hacer mucho caso. Saber decir cuatro nombres ilustres no me convierte en ilustrado. Pero una cosa sí que considero cierta... nuestra visión de lo que nos rodea es tan hecha de claroscuros, es en el fondo tan heredera de Velázquez o Zurbarán que nos olvidamos que cada uno de nosotros en nuestro propio espejo nos vemos grises. Ya sea porque no somos conscientes de la luz que proyectamos, ya sea porque una bombilla no proyecta sombra en sí misma, aunque su luz sea amortiguada -y amortiguada es la luz del común de los mortales- no nos damos cuenta de lo que los demás ven. Otra cosa es creernos lo que nos dicen, que somos esto o aquello, que somos unos caballeros o unos ladrones, o ambas cosas. Tras todo ladrón consciente de serlo, tras todo ladrón honesto se esconde un caballero y viceversa. Aquellas luces que ven en nosotros sólo las pueden ver los que, inconscientes de sí mismos, no llegan a ver su propia mediocridad. Han creído lo que les han dicho. Han confundido su imagen con su ser. En ellos, la fosa séptica hace años que no se abre... no quiero estar cerca de ella cuando se abra. No es que no me quiera ensuciar. Ya se sabe que la metáfora no ensucia, no... Lo que pasa es que no me gusta ser testigo impotente del hundimiento de gente a la que, por razones incomprensibles pero cósmicas, amo más. Si acaso debo arremangarme, prefiero hacerlo para ayudarles a levantarse. Caer es muy didáctico. 

Reivindico pues el gris de las personas, esa grisura que rebaja las virtudes y alivia los defectos. La modestia no es sólo tratar con humildad lo que hacemos bien, sino también ser indulgentes con los propios defectos con una alta dosis de humor, cuanto más negro mejor. Aquella gente con menos humor negro que conozco, son también aquellos personajes más contrastados... no esconden el autoelogio, practican todo el día su bombo y platillo... mientras no pueden ocultar los más observadores que con la punta del pie ocultan lo que no se puede decir bajo la alfombra. 

Debe hacer unos minutos que ha dejado de llover. Por lo tanto, mantengo en alto el paraguas de manera insignificante. ¿Ridícula? no... En un día gris aunque no llueva, llevar el paraguas abierto es permitido siempre y cuando el suelo esté mojado. Me paro y bajando un poco el paraguas me doy cuenta que no cae ninguna gota. Si acaso las de los árboles movidos por el viento. Pliego el paraguas y regreso a enfundar el muelle como es. Mis pasos me hacen pasar por delante de un banco y otro y otro... no, creo que no me sentaré, no me importa mojarme las perneras, pero un culo mojado es bastante molesto y patrocina malestares. Y si no me gusta patrocinar la imbecilidad ajena, aunque menos me gusta hacerlo con la mía. Que no es poca. Por algo en el último párrafo he usado en exceso la palabra paraguas. Y encima, me ha gustado hacerlo. 
La lluvia ha traído viento... un viento frío y húmedo, de regusto salado con intenciones tristes. Recuerdo flores y guitarras, unas flores que no eran para mí y una guitarra que no era mía. Hace dos días pude asistir en butaca de primera fila en la única cosa que de verdad importa. El amor. A un buen amigo por su cumpleaños le regalaron un ramo de flores y una guitarra... el ramo de flores se lo regaló la mujer que ama, la guitarra se la regalaron sus padres que, aunque separados, han mantenido siempre buena relación. Aún lo veo ahora... saliendo del bar donde habíamos quedado con el ramo y la guitarra, como la confirmación moderna del Romeo, pero más acostumbrado a todo aquello que de caótico tiene nuestro mundo. Pude coger la guitarra durante el tiempo que hablaba con aquella por quien suspira cada día, aquella que desde Zaragoza le envió las flores. Pude comprobar la calidad de los materiales, la calidad del sonido, el tacto suave y el calor de la madera, la tensión de unas cuerdas destinadas a la belleza... lo que no pude comprobar es mi arte musical. Más que nada porque yo, de tocar la guitarra, no sé... pero me sentí guitarra y guitarrista a la vez. 

Me sentí guitarra. Sentí una identificación extraña con ese objeto, del que yo era incapaz de extraer nada bonito. Y me sentí guitarrista, ya que la composición que yo quiero tocar, el arte que yo quiero componer es hecho de las notas de voz, de lluvia, de viento, de sol, de piedra, de árboles, de sonrisas y de miradas, de besos y caricias, de gestos que se deshacen y de besos que reconocen este desazón. La pieza que yo quisiera componer es la felicidad, felicidad que tan sólo entiendo al lado de otra persona, de la mujer que permita que la quiera mientras ella sabe amarme. Pero para ello supongo -de hecho lo he supuesto o sabido siempre- que se debe tener una complicidad muy especial con el instrumento de belleza que puede ser la vida. Por lo que sea, aunque he sido siempre capaz de producir belleza material -imágenes, palabras y sonidos los entiendo aquí como belleza material- parece que se me ha resistido casi siempre la belleza inmaterial, la belleza que nace de provocar en ojos ajenos la emoción de un reencuentro, la lagrima de felicidad por una palabra bonita. He podido escribir piezas así claro pero... siempre me han dejado un sabor agridulce de sinfonía inacabada, cierto fondo desafinado, algo que me ha dicho que no era aquello, no era aquello, no era aquello... 

No, nunca. Todavía no. Quizás todavía no. Quizás tengo horror vacio y haga por el papel en blanco, tener la vida para escribir o bien no soy capaz de dar nada por terminado, definitivo, lo suficientemente bueno... suficientemente bueno para mí. ¿Cuántas veces amigos míos me han dicho que lo que yo hacía les gustaba? y cuántas veces más, asintiendo ante él con educación, ¿he pensado que para mí no era suficiente...? 
La bota cae inadvertidamente en un charco imprevisto y una catarata se precipita sobre la otra pernera... la bota, que es dura y bien impermeabilizada, pero a la pernera ya no le bastará dejándola secar. Se pasará un buen rato dando vueltas en espuma y suavizante. Me paro. Me miro la bota y la pernera. Qué vamos a hacer, no me enfadaré conmigo mismo por una tontería como esta y mi imbecilidad no llega a mascullar maldecir la bota, la pernera ni el charco de agua que estaba, al fin y al cabo, donde debía estar. Habrá quien se quejará de que es indecente que en una ciudad como Valencia haya baches como aquel donde el agua pueda emular extensiones oceánicas pero... yo ya hace tiempo que dejé de ser urbanita. Me gustan los charcos, me gusta el paso del torrente inundado, el alcantarillado inundado, las caprichosas irregularidades del pavimento y la combinación que tan sólo un peón demente ha podido concebir. No soy de aquellos que se saben de memoria su futuro rutilante, que han trazado las líneas maestras de su vida y le han formulado a años vista matemáticamente... hace tiempo era así. Ahora ya no. Me gustan más los caminos reales, el lodazal de la lluvia y el olor a tierra mojada justo después de la lluvia, donde sólo la quietud del silencioso sonido del baile de las hojas de los árboles es interrumpida por algún pájaro que vuelve a sacar la cabeza. Si tengo que pisar algo desagradable prefiero que sea de vaca. La mierda de perro solo la encuentras en la ciudad, al menos tan inmunda, tan perenne... 

-Perdona, ¿sabes dónde está la Avenida del Mediterráneo? 

Una chica que evidentemente no es de Valencia, o por lo menos del Marítimo, me saca de dentro de mí. Ella no lo sabe, pero estamos casi delante de la Avenida del Mediterráneo. Se lo indico. Ambos vamos en la misma dirección y ella no lleva paraguas. Se sorprende cuando le ofrezco mi cobijo por escasos treinta metros pero acepta. En treinta metros no se soluciona el mundo ni hace falta, pero tenemos una conversación sobre el tiempo que, a pesar de no ser muy original, no es la típica conversación de ascensor. Llegados a la Avenida del Mediterráneo ella se despide con un gracias y un adiós a los que yo correspondo. Ahora está y ahora ya no. Dos desconocidos que han compartido treinta metros de su vida con cordialidad, sin desconfiar de todo lo que suele desconfiar cualquier urbanita moderno, fashion y cool. Me sorprendo a mí mismo. Siempre hay color tras el gris. Hace tiempo no era así. Ahora sí. Me gusta más. Desaparezco tras el último gris, a casa...

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