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jueves, 22 de noviembre de 2012

Inocencia



Obviando la infantil conversación entre personas mayores que sufro en mi trasero, el paisaje que tengo delante es sereno. Quizá sea porque suspendido en el aire hay algo especial, una energía propia de este día gris que deja ver a lo lejos un horizonte naranja. Huelga decir que se me hace imposible describir la policromía de esta mañana de otoño en medio del invierno, en el Paseo Marítimo del Cabanyal. 

Mi hija, con quien he quedado, por lo que ahora estoy aquí, se ha olvidado de mí. No estaba. No ha pasado nada, desde que tiene independencia, y de esto hace ya más de 15 años, no ha llegado nunca puntual a las citas conmigo, acabo de enviarle un WhatsApp y me ha contestado que estaba en la ducha, cosa que no me ha llamado la atención.

Ahora estoy sentado en una terraza frente al mar con el permiso de la fina lluvia que esta cayendo, las palmeras y los corredores de fondo. Los paseos marítimos siempre los he preferido en otoño y primavera. Ya sea porque en verano están demasiado llenos de gente sudada, hace demasiado calor y son lo más parecido a una granja de gallinas ponedoras, o porque en invierno hace demasiado frío. A los paseos marítimos les guardo buenos recuerdos de primavera y otoño aunque este año se los guardaré del verano, pero con bastante nostalgia.  Aquel beso en medio de la ventisca, miradas cómplices tan profundas como el horizonte que el mar nos regala, caricias furtivas, afecto sincero. Parece que no se pueda tener prisa en un escenario como éste. Incluso las niñas mayores, cerca de mí, han dejado de lado las gilipolleces. Quizás alguna de ellas ha mirado a su alrededor contagiándose con un poco de la paz que nos rodea, de la quietud que todo lo cubre. Los paseantes, entre mirones, distraídos y enamorados parecen querer fundirse con los bancos, las palmeras, la fresca brisa, el gris de la atmósfera, la arena distante y el horizonte lejano. Cezanne, a quien tanto gustaba la luz de los días grises, se hubiera encontrado bien. Todo el que me rodea parece pintado a acuarela, expresando cierta transparencia pero con la consistencia de las pinceladas en aceite. Quizá yo también. 

El lugar es una pasada, un antiguo chalet de finales del XIX o principios del XX reconvertido en una cafetería de estilo francés, “La más bonita” se llama, y puedo asegurar que lo es. Los croissants allí expuestos, están diciendo cómeme. Lástima que yo guardo régimen casi siempre, además de hacer un desayuno solo a base de líquidos, café con leche y zumo de naranja, adobado de un cigarrillo liado a mano.

Una niña que parece salida de los estantes de una tienda de juguetes me mira con ojos curiosos y de un verde enorme. No debe terminar de saber qué hago liando un cigarrillo. Le sonrío y le saco la lengua y ella sale corriendo con una sonrisa hacia su madre que unos metros más allá, la llama. Ella, la madre, me sonríe con complicidad. Si... los niños tienen eso. Yo le correspondo la sonrisa agradeciendo darle ese momento de feliz inocencia. 

No creo en la inocencia más allá del día que me dijeron quienes eran los Reyes Magos en realidad. Es cuando por primera vez cae la venda de los ojos, descubriendo que hay mentiras de las grandes hechas para perpetuar mediante los niños, una fantasía nutrida de nostalgias. Mentira fundamental que hace que nunca más podamos soñar, realmente, con la cabeza en las nubes sin tener los pies en el suelo. Porque la inocencia no se pierde en medio de besos adolescentes, en el temblor de la primera caricia de un pecho juvenil ni en el brillo de ojos de una primera vez. Si acaso perdemos la vergüenza asumiendo nuestro universo hormonal. Los sentimientos ya son otra cosa... nos pasaremos el resto de nuestra vida descubriendo los mismos y entendiéndolos. 

Recibo el aire que me lleva un intenso olor a Nenuco, de limpio. Al girar la vista veo un grupo de discapacitados mentales que han salido a pasear en compañía de sus monitores. Recuerdo la mirada de la niña y veo que un lugar tan alienado del ruido de cada día, es propiedad de alienados pequeños y grandes. Niños, deficientes clínicos y enamorados, que para el caso es lo mismo. Porque así como niños y borrachos dicen siempre la verdad, los discapacitados mentales y los enamorados ven la vida con una inteligencia nítida, cristalina y sonriente. Ellos han logrado un espacio propio de paz no por precario es menos valioso. 

Decido levantarme. El café con leche ya lo he terminado y tengo que renunciar a la placidez de ese momento. Caminando sin prisa, sin ir a ninguna parte, miro a mí alrededor. El cielo ha tomado ya unos colores que me hacen sentir una cósmica impotencia descriptiva, el día ha avanzado un poco más y la gente de la calle parece la misma, como si el ayuntamiento hubiera alquilado unos figurantes para llenar este espacio donde es posible el patetismo bucólico y la felicidad inteligente. Por cierto, aquella felicidad que no es inteligente sólo es patetismo bucólico. Rico por lo bajo. No sé si diciendo esto soy bucólico o inteligente. Patético o feliz seguro que no. 

Llega mi hija, empieza otro capítulo.

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