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martes, 20 de noviembre de 2012

Estancados



En mis tiempos de estudiante observaba ciertas figuras geométricas. Eran figuras incompletas, figuras a las que se les había sustraído, cortado, una parte de lo que habrían sido. Las llamaban truncadas. Eran conos y pirámides en su mayoría de distinto tipo. Estancados de diversa forma y en diferentes alturas. Me llamaba la atención que no tuvieran un nombre propio como en cambio sí tenían los conos, los cubos, los tetraedros y otras figuras llamadas regulares. Estos otros, los truncados, eran irregulares. Se les llamaba no por lo que eran, sino por lo que habrían sido si no hubieran sufrido ese corte. Aquel corte les impedía ser aquellas figuras que nosotros veíamos apuntar a las alturas. Eran pirámides y conos truncados. Incompletos.

Parece que tengamos cierto pudor en dar un nombre propio a lo que nos aparece incompleto, cortado. A lo que, de haber sido las cosas diferentes, habría tenido un sentido por sí mismo. No entendemos en toda su profundidad y creo que no lo haremos nunca, lo que significa que algo no llegue a su fin previsto. Nos molesta no poder ver el final de una película. No soportamos que nuestra pareja nos abandone. No entendemos cómo es posible que aquellos que nos aman no hagan siempre lo que nos gustaría. 

No es más fuerte el que no se cae nunca, sino el que siempre se levanta. No es más fuerte quien dice serlo, sino el que de forma muda y constante no desfallece en su camino. No es más fuerte el que usa lo que sabe, sino el que sabe lo que no sabe evitando los pozos de soberbia. (Y prometo aprender de esto)

No entendemos y quizás sea mejor así. No podemos entender algo tan sencillo... "¿Por qué?" Estamos ante uno de esos porqués del final del camino, una de esas preguntas que sabemos sin respuesta. No hay razón aparente por la irracionalidad. Aún así algunos encuentran razón para perpetrar lo irracional. El sueño de la razón engendra monstruos nos dijo una vez Goya. Quizás pensaba en algo parecido a esto. El sueño de las razones de algunos engendra los monstruos que devoran, en un escenario de barbarie, las pocas razones que tienen muchos para vivir. 

Sería muy fácil, o parece serlo para muchos, emitir juicios ponderados sobre lo que ha sucedido. De hecho todos, en nuestras conversaciones con amigos hemos comentado, hemos intentado comprender, a través de puntos de vista diferentes.Tratamos de captar lo que se nos escapa. Nos escapa desde siempre, desde que hace un montón de milenios un hombre lanzó una piedra contra otro. ¿Por qué? Encerrados en nosotros mismos no lo sabemos. Abiertos al mundo tampoco parecemos saber más. Nos sentimos tanto insignificantes como en realidad somos: un montón de átomos dotados de lo que llamamos conciencia. Una conciencia no siempre a punto, no siempre clara, no siempre justa. Pero una conciencia capaz de despertar algo maravilloso, el amor. El amor entendido de distintas maneras, desde el afecto a un amigo hasta la estimación profunda para una madre. Desde la solidaridad por el que sufre, hasta el enamoramiento más atroz en relación a aquella persona que no nos acompaña en el sentimiento. Nos sentimos vivos en el amor, para bien o para mal. Vivimos por amor y por amor morimos, como si nuestra vida viviera encerrada en un tirabuzón constante que nos empuja a buscar en unos casos y a encontrar en otros, algo tan simple e inexplicable como el amor.

 Por desgracia, los extremos se tocan. Por desgracia, el amor nos aparece también en escenarios de barbarie. Por desgracia, somos conscientes de nuestra capacidad de amar sin poner condiciones cuando las condiciones lo convierten todo en algo insoportable. Aún así creo que la humanidad consiste precisamente en eso, en este duelo entre Eros y Tanatos al que nos entregamos desde ya no recordamos cuándo. Este duelo que detiene lo que debería haber continuado creciendo, que corta la línea prevista, que impide ser. ¿Por cuánto tiempo? No lo sabemos. Siquiera sabemos amar e incluso eso se nos olvida. 

No hay lugar para el bien y el mal, quizás haya por la razón o su falta. La razón de lo completo, de lo asumible, lo que es bello y vivible. Del que todos tenemos alrededor. La falta de razón en no comprender un mal gesto, una mala palabra, uno para sí o un porqué no. Todos tenemos razones para la falta de razón. Pero nunca perdemos la razón en las emociones. Tan sólo somos emoción e incluso eso se nos olvida. 
Hoy hay un montón de figuras truncadas en esta macabra caja de juegos que es el mundo. No hay más que ayer pero las que hoy hay nos aparecen muy cercanas. El corazón no sufre por lo que no ve, dicen... Tan sólo vemos a seres humanos e incluso eso se nos olvida. 

Sin embargo, tras las nubes siempre está el azul, quizá el último azul. Pero azul. Azul oscuro en aquellas horas en las que no sabemos si es de día o es de noche, azules de matices infinitos. Azules que las nubes muchas veces no nos dejan ver. Amaneceres y crepúsculos maravillosos olvidados tras las nubes de siempre, colores que llevamos dentro y a los que parece que a veces renunciamos. 

Tras las nubes siempre hay color. Tras las nubes siempre hay donde mirar. Tras las nubes podemos seguir alzando la vista para desear, recordar, querer, ser, amar. Que las nubes no nos hagan olvidar. 

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