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martes, 27 de noviembre de 2012

Deseos



Era un hombre dominado por las pasiones. Sobre todo por aquellas que tenían como base el DESEO, en mayúsculas, como él mismo reconocía, sin tapujos, a cualquiera que se interesara. . 

Deseaba su mujer con un sentimiento que rebasaba el amor y el erotismo más extremo, y ansiaba, salivando, la carne de cerdo de tal manera que costillas, lomo, jamones, morcillas y embutidos de todo tipo eran un delirio gastronómico que le esclavizaban la mente a todas horas. 

Su mundo giraba en torno a la lujuria irrefrenable que le provocaba su mujer y de la glotonería irracional derivada de su comida preferida. 

Nunca había tenido ningún problema con las dos pasiones que lo dominaban. Con la mujer, estaban enamorados y se deseaban. Con el cerdo, era lo suficientemente acomodado como para permitirse tantos jamones de pata negra como quisiera. Era feliz y estaba satisfecho de la vida. 

Un mal día leyó en el diario un artículo donde se afirmaba rotundamente no sólo que las personas y los cerdos compartíamos más material genético del que parecería a primera vista, sino que, incluso, el sabor de la carne humana era muy parecido al de su animal querido. O al revés. ¡Tanto monta! 

Ahora ya no es feliz. Mejor dicho, es un desgraciado que ha perdido la gracia de vivir. Ahora cuando yace con la mujer no deja de pensar en el gusto delicioso de aquellas muslos tersos, ni con la dulzura de sus mejillas carnosas. Y llevado por estos pensamientos, impotente, tiene que parar a medio hacer parque se la comería literalmente a besos. Y mientras ella lo vuelve a consolar, termina siempre llorando como una criatura porque sabe que ya sólo es capaz de tener una erección como antes ante un buen costillar de cerdo asado con reducción de salsa de Oporto. Y esto, claro es duro de admitir ante la mujer y, incluso, ante cualquier cocinero…

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