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sábado, 11 de agosto de 2012

Nada



Hoy soy hombre muerto, y lo sé porque no siento nada en absoluto. 
Vuelvo a disparar contra el silencio, una y otra vez, hasta que dejo el cargador vacío. 
El arma me golpea secamente el hombro, como si me quisiera recordar que yo soy el único que respira en la estancia. 
El último disparo hiere de muerte el estrellado cielo de abril. Ya faltan contadas horas para el amanecer. 
¿Qué queda? 
Nada. 
Por no quedar no queda ni silencio. El eco resuena por todas partes, inunda mi cabeza con martillazos estridentes. Jadeo arrodillado en el suelo. 
Si tengo honor, ¿por qué no lo siento? ¿Soy un soldado? ¿Es este verdaderamente mi oficio? Con los ojos cerrados me palpo la ropa, el casco, las botas, el fusil de asalto, las mangas... La bandera. La recorro con las yemas de los dedos repetidamente mientras miro como un mirón el cuerpo del último soldado que he muerto. 
Esto es la guerra, nano. 
Vuelvo a palpar la insignia de la chaqueta. 
Soy un soldado, pertenezco a un ejército. 
Un patriota desmesurado, lo daría todo por la patria, lo haría todo por la patria. No hay algo más importante que el honor, el esplendor y la fuerza del país al que sirvo. 
¿Pero por qué diablos me siento como un miserable asesino? 
No es culpa mía, ¡cojones! No tenía que haber civiles, no nos escucharon cuando les decíamos que se fueran el campo! ¡Mierda de moros! Mierda! 
Escupo disparates mientras doy patadas a la puerta de una casa en ruinas. La misma casa que no hace ni media hora asalté para protegerme.
Fuera de mí, la golpeo tan fuerte que la tumbo al suelo. 
Todos mis argumentos, las cosas en las que creo y por las que lucho quedan brutalmente aplastados por los ojos de la mujer que me mira. Una árabe, preciosa, de ojos verdes cristalinos acurrucada dentro de su llanto en un rincón entre dos paredes.
Tardo segundos en darme cuenta que lo que lleva entre los brazos es el cuerpo inerte de un bebé. Y entonces me veo a mí, como una ráfaga de imágenes rojas y ensangrentadas, jurando bandera, subido al tanque, disparando mi primer disparo, entrando en la casa en la que me encuentro ahora y me siento decir a mí mismo, vomitando frases violentas. "¡Callad, cojones! Tú, da, haz que se calle el chiquillo. ¡Que calle! ¡Que calle!" 
Y el disparo. El maldito eco resonante que lo llena todo. 
La visión estremece al general Aguilar. Me coge del hombro. Saludo, los pies en paralelo, la mano derecha cerca de la frente. Procuro disimular la mirada aturdida. 
"Descanse, Martínez. Reúna a sus hombres. Hemos firmado la paz, volvemos a casa".

 Lo que se consigue con muerte, sólo se puede mantener matando.

1 comentario:

Anónimo dijo...


Quisiera ser el argumento de tus dedos, para con mis pestañas escribir a círculos, las líneas curvas de tus verdes miradas.

Colorines, destellos de luces fluorescentes, nubes rosas y fuegos artificiales.

Vivir a pellizquitos sabrosos ...

Un beso