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jueves, 19 de julio de 2012

Amor platónico



Caminas tranquilamente por la calle. Finalmente has tenido un momento de paz, así que has decidido salir a pasear para expulsar espíritus malos, colocar bien los muebles de la mente.

 De repente, giras la mirada y allí está. El maniquí más bonito que hayas podido ver nunca. Resto petrificado, como si intentaras buscar su mirada, y a pesar de su falta de expresividad, encuentras una señal, gritos ahogados que te llaman, que te necesitan.

Fascinado por lo imposible, pones tu mano en el escaparate, contra el vidrio, esperando una respuesta, sentir aquel amor platónico que te ha dicho que le haces falta, con la esperanza de un desamparado que ha recibido la señal de que las puertas del cielo se le han abierto.

Sin ningún tipo de aviso , notas su mano, junto con la tuya, sólo separadas por el espejo, aunque esto no impide que puedas sentir el calor de sus dedos, la suavidad de su piel.

Fuerzas la nota, desmenuzando la luna, rompiendo el escaparate, lo haces pedazos, en la búsqueda desesperada del contacto, del sentir más absoluto.

Para cuando te das cuenta, has roto todo lo que aquel maniquí tenía, todo aquel artificio en el que se sustentaba, que le permitía ser como era, mostrar lo que mostraba.

Con la cabeza baja, marchas sin entender muy bien qué ha sucedido, que has ganado de todo esto, o qué has perdido, mejor dicho, cuánto mal has infringido en lo que más deseabas.

¿Ha valido la pena?

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