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lunes, 14 de mayo de 2012

Sin precio



Hace pocos días el cuadro "El grito" de Edward Munch se convirtió en el más caro de la historia del arte al venderse en la casa de subastas Sotheby 's de Nueva York por la escalofriante cifra de casi 120 millones de dólares ( unos 91 millones de euros) superando el "Desnudo, hojas verdes y busto" de Picasso que alcanzó en 2010 la cantidad de 106,5 millones de dólares. Se trata de la única versión de este cuadro (el pintor noruego hizo varias) que quedaba en manos privadas. "Es como si hubiéramos vendido la Mona Lisa" declaró el director de la famosa casa de subastas para recalcar la importancia que tiene este cuadro como referente de una época y un estilo y por su difusión y su claro e inmediato reconocimiento.
Efectivamente, en dicho cuadro (o más exactamente su figura central) ya sólo le falta que lo impriman en camisetas para equipararlo con los iconos del siglo pasado como el retrato del Che Guevara. Más allá de las cifras que marean y del mercantilismo en torno a las obras de arte habría que preguntarnos que tiene esta tela que nos atrae profundamente a pesar de su concepción tan esquemática. ¿Quizás el grito que sale de la boca del muñeco no nos es tan ajeno y nos podemos identificar? ¿Llamamiento de miedo, de angustia o sencillamente se ha dejado los donuts en casa? Los expertos ven el retrato fidedigno del hombre moderno: sol, vulnerable, juguete en manos de fuerzas que escapan de su comprensión. 
El mismo Munch nos da una pista en su diario: "Caminaba con dos amigos. El sol se ponía. De pronto el cielo enrojeció. Me detuve. Cansado, me apoyé en una barandilla: sobre la ciudad y el fiordo azul oscuro sólo veía sangre y lenguas de fuego. Mis amigos continuaban su marcha y yo seguía parado en el mismo lugar, temblando de miedo, mientras sentía que un grito infinito penetraba en toda la naturaleza". Y sin embargo, con esta explicación aún no sabemos por qué nos subyuga este grito de soledad y terror, estas figuras que se alejan indiferentes al drama existencial que ocurre a sus espaldas, sin darse cuenta del rojo furioso del cielo que se refleja en la barandilla, sin prestar atención a la impresionado demostración de la naturaleza que nos empequeñece.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Si con tan solo un grito infinito calmara la angustia que me invade por momentos,

Empezaría a gritar ahora mismo, y estaría gritando sin descanso hasta el fin de mis días.

Un beso