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sábado, 5 de mayo de 2012

El dulce amargor de los ciruelos



Parece que no haya nada que decir, parece que nada esté pasando en las ramas de los ciruelos de enfrente de casa. Han pasado el invierno sin decir ni pío. Los pájaros se dejaban caer sobre las ramas sin revolar demasiado, no querían desvelar su sueño. El viento, la lluvia, el frío, nada que haya hecho cambiar la silenciosa y robusta silueta de los ciruelos de casa. Sólo alguna rama ya fallecida se ha dejado caer sin insistir. Pero ayer, dando marcha atrás con el coche, sentí como los ciruelos me llamaban en voz alta. - Oye, ¿pero que no lo has visto? – Frené de un golpe seco y me sentí obligado a pedirles perdón. La incesante batalla que pierdo cada día luchando contra el tiempo, no me habían dejado ver que los ciruelos de mi casa ya estaban floreciendo. Insistían en recordarme que somos un carajo de encantados que sólo nos ocupamos de mirar el reloj y que sólo sabemos movernos como burros de carga, transportando nuestra vida en la espalda y obviando lo que pisamos. Los ciruelos de mi casa han comenzando a florecer y me dicen que ya ha pasado otro año, que de las bolitas que dibujan las ramas saldrán flores rosadas. Me dicen que las flores caerán como copos de nieve en cuanto tengan el permiso de las hojas. Miro las ramas que engalanan esperando la fiesta mayor y me siento halagado por estar contemplando tal maravilla. Se visten para recibir la primavera y nadie, ni el más poderoso de los poderosos dirigentes de la tierra, lo puede parar. No lo pueden comprar, ni vender, hacer política o enriquecer un país. Los ciruelos sacarán sus flores a pesar de tener el planeta de ruedas arriba y rodeados de injusticias. El hecho de tener ante mí un diamante que la mente del hombre no puede manipular, me hace sentir que puede ser muy fácil caminar. Lo difícil no es el camino, mas llano o rocoso todos lo vamos siguiendo, lo difícil es encontrar un segundo para darnos cuenta de que caminamos rodeados de ciruelos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

EL PODEROSO TIEMPO

Cerrar los ojos, sentir el aire que respiras entrar sigilosamente por tus venas.

Notar muy despacito como lo que te rodea sigue su curso natural, nace, crece, se transforma y muere.

Tener tiempo de pensar en los detalles que nos rodean y que forman el todo de nuestra vida.

Tener tiempo de comernos con los ojos los colores que nos acarician en cada situación que vivimos.

Tener tiempo para quienes quieres y desde hace meses no hablas porque no encuentras el momento.

Tener tiempo para contar las hojas de los ciruelos que silenciosos y bonitos, nos miman con su belleza.

Tener tiempo para ti.

Tener tiempo ...

Un beso