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jueves, 2 de febrero de 2012

Sueños de un playmovil



¿Nunca has soñado con vivir en un mundo perfecto? Como en algunas películas. La acción se desarrolla en el lugar idóneo, la música parece acariciar a los personajes; estos utilizan las palabras perfectas, ni una más, ni una menos, la luz del sol adquiere un valor irreal con su perfección y todo encaja como si fuera un rompecabezas. 

Abres la ventana y el mundo brilla, bebes agua de un arroyo en el que puedes ver reflejado tu rostro siempre joven, el aire resbala delicadamente en tu piel y todos tus sentidos se emborrachan con un centenar de aromas.
Tus vecinos, extrañamente semejantes a ti, sonríen y te saludan cuando pasas a su lado. Descubres una nueva ciudad que nunca habías imaginado. No hay bancos que te sangren con hipotecas injustas. Los centros penitenciarios se han reconvertido en escuelas de danza porque ya no hay delincuencia y todo el mundo le apetece bailar. Los atascos de tráfico son cosa del pasado ya que, los días eternamente primaverales, invitan a pasear y a olvidar el coche. 

Los informativos de televisión sólo hablan de que las imprentas están desbordadas: la gente tiene tanto tiempo libre que todos quieren leer. La medicina ha conseguido vencer a todas las enfermedades. Muchas compañías de seguros han quebrado y sus trabajadores se han reconvertido en artistas. Nadie tiene miedo de ningún riesgo. De hecho, nadie tiene miedo. No hay impuestos. Los partidos políticos han desaparecido. Nadie administra tu dinero porque ya no son necesarios. Todos los deseos están plenamente satisfechos. No hay ricos, ni pobres, ni guapos, ni feos. Todos somos iguales en la diferencia. Iguales al vecino, igual al amigo. Igual a la misma persona que éramos treinta años antes. No existe el pasado, ni el futuro, porque todo el mundo piensa en disfrutar del presente. Este es el mundo que sueño cuando creo que soy un playmobil. 

Después despierto y veo el espejo. Odio los espejos. Alguien debería prohibirlos. O, al menos, debería constar alguna advertencia en los espejos, al igual que en los paquetes de tabaco: “las autoridades sanitarias advierten que el uso del espejo es perjudicial para su salud.” No nos engañemos: sólo los borrachos, los niños y los espejos dicen la verdad.
Cada día me despierto, acudo a la cita diaria con el espejo y allí sufro la colisión con aquel madurito soñador, propietario de unos ojos como balones de fútbol y un cabello ya desertado, dispuesto a comerse el mundo, pero que después espera que sea el mundo que provoque los cambios que debería provocar él mismo. Espejito, espejito... ¿quién es el más imbécil del mundo? Espejito, espejito... ¿por qué sólo te preocupa lo que se ve con los ojos? Espejito, espejito... ¡vete a la mierda! 

A veces, cuando paseo por la calle, me descubro reflejado en un escaparate. Entonces noto que estoy allí, que existo, que ocupo un pequeño lugar en este océano de gente anónima. No puedo evitar detenerme y simular que miro el interior del escaparate. Únicamente yo sé que mis ojos buscan el reflejo en el cristal. Miro la imagen distorsionada que tengo a pocos centímetros delante de mí y me doy cuenta que no soy invisible. Tengo un cuerpo, un rostro, me muevo y mi reflejo también lo hace, sonríe y me imita, me vuelvo y mi alter ego también se gira. Sin embargo, es mi imagen pública: un pequeño porcentaje de lo que en realidad soy. Pero, ¿qué conforma todo aquello que no se refleja en un cristal? ¿Qué queda cuando a las personas le quitas su imagen? Cuando no hay belleza, ni fealdad, cuando no hay gestos ni miradas que revelen nerviosismo o incomodidad, cuando ni siquiera tenemos sonidos de una voz que traduzca estados de ánimo. Pues tenemos a un playmobil en un mundo de humanos imperfectos. Por esta razón, me gusta soñar que soy un playmobil.

1 comentario:

Anónimo dijo...

A veces ... me gusta soñar que soy una Barbie, pero solo a veces.

La maravilla de la diversidad, de la pluralidad y de la grandeza de diferencias que nos rodean, nos hace darnos cuenta de lo que vale, de lo que nos gusta, de lo que tiene importancia, de lo que queremos, de lo que aborrecemos y de lo que realmente nos importa.

Que haya diferencias y tener una gama donde elegir, nos da riqueza de conocimientos.

Un beso