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domingo, 2 de octubre de 2011

La rebelión



Conozco cuatro mujeres. Las cuatro estaban bien hartas. La situación, en pleno siglo XXI, se había convertido en intolerable. Se sentían abrumadas por la injusticia, por lo que decidieron reunirse para estipular los puntos básicos a reivindicar. Después de largas y profundas conversaciones, dieron el visto bueno, por unanimidad, el siguiente manifiesto: 
1. Se acabó pasar por unas acelgas soleadas durante generaciones y generaciones. 
2. Basta de ir arriba y abajo con cestillos de pasteles. Basta de vagar desorientada a la espera de ciertos individuos de tonos azulados para ser rescatadas. Basta de yacer inconscientes en camas de cristal o de hacer siestas eternas que no permiten disfrutar de la vida. 
3. Tema bosque. El bosque es un lugar magnífico para divertirse. No un lugar oscuro y peligroso que todo el mundo, por real decreto, debe temer. 
4. No a la criminalización sistemática de las madrastras. Los hay de todo tipo. Algunas, de lo más simpáticas y enrolladas, liberales con el sexo y sin ningún tipo de manías. ¡Vivan las madrastras solidarias! 
5. Reivindicación de la posibilidad de convivir con brujas y brujos. Vergüenza ajena que hayan sido siempre tan mal vistos. 
6. Hay que hacer constar que las hadas benéficas también tienen vicios, defectos y manías. Algunas se meten el dedo la nariz, cantan de pena, practican una magia caducada o llevan la varilla hecha una chapuza (subvenciones para la reeducación de las hadas, urgencia de nivel 1). 
7. El problema gravísimo de la indumentaria. ¿Dónde se ha visto como nos hacen ir? Fuera enaguas de encaje y lazos rosados. Fuera ropas ridículas de niñas de parvulario! 
8. Los amigos son los amigos. Ni cazadores, ni abuelas, ni príncipes, ni hadas protectoras. Cada uno elige con quien quiere estar. Y punto. Después de la escritura del manifiesto, tajante y sin fisuras, las tres firmarlo conjuntamente. 
A continuación, en enviaron copias a las editoriales, los periódicos (en papel y digitales), a las productoras cinematográficas, los dibujantes, a las cadenas de televisión, empresas de ebooks y responsables de páginas web. 
La fiesta se prolongó hasta altas horas de la madrugada. Evidentemente, la iniciativa debía celebrarse. El revuelo en la espesura fue apoteósico. Sin hadas cursis ni estirados tipos de color azul, la música ensordece la fauna y la flora. Incluso los trolls se añadieron. El lobo bailaba como un poseso con una chica de cabellera deshecha, los siete enanitos cantaban canciones tirolesas desafinando debido a la ingesta descontrolada de licor de frambuesa, y la somnolienta, totalmente despierta, comía manzanas del cesto de la bruja, que contaba chistes verdes a unos cuantos duendes que reían como locos. La Blanca, a su vez, había medio enrollado en un rincón con un furtivo extranjero de barba espesa. 
Al día siguiente, el claro estaba hecho un desastre. La hierba se veía aplastada y sembrada de botellas vacías, cáscaras de cacahuetes, colillas de cigarrillos. El guardabosque no salía de su asombro. De pronto, distinguió un objeto brillante. Era una delicada corona de oro, abollada y deslucida, que había perdido las piedras preciosas. A su lado, un montón de ropa estrujada, desgarrada y sucia. Estaba para tirarla, pero, aun así, pudo identificar, sorprendido, algunas piezas: un delantalito rosa, un vestido de seda de manguitos soplidos y una bonita capa, de grueso fieltro, con una Caperucita muy roja.

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