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viernes, 28 de octubre de 2011

Secretos



De vez en cuando, recuerdo escenas concretas de mi infancia con detalles que las dotan de un relieve chocante.
Es una actividad que me puedo permitir en cualquier momento, en cualquier lugar: sólo necesito un poco de quietud física, un mínimo de silencio a mi alrededor, y esta memoria mía, que cada vez más a menudo olvida el presente y las cosas necesarias de cada día, pone en funcionamiento sus ruedas y me transporta al pasado, sin billete ni equipaje.
Así puedo evocar, como si fuera ahora, esa sensación de hormigueo en el estómago y de ardor en las mejillas que me asaltaba en medio de las reuniones familiares que, cíclicas y previsibles, se me hacían interminables…
Yo tenía, desde que los padres me notificaban la proximidad de la visita, una meta personal, un objetivo secreto. Sólo de pensar que iba a estar allí ya ardía, se me aceleraba la respiración, el corazón me latía escandalosamente y notaba que me aparecían dos lunas rojas en la cara.
Temiendo que todo el mundo había descubierto al instante mis intenciones, y que alguno de los presentes encontraría la manera de impedírmelo si no actuaba con rapidez, me deslizaba discretamente de la sala donde los demás charlaban, para evitar la posibilidad de una prohibición adulta. A menudo los mayores nos vedaban los placeres infantiles, a partir de una extraña intuición de nuestras preferencias y de ¡incomprensibles razonamientos!
Caminaba despacio, sin correr ni hacer ruido, deleitándome de antemano con el momento del encuentro , suspirando cuando vislumbraba por fin su silueta quieta esperándome, paciente, en el despacho. Al llegar, repetía una, diez, veinte veces su nombre, paladeando cada sílaba, imaginando todas las variantes posibles de la palabra: sé, se concreto, se-cre-ter, se concreto, SSSS...
Después me aproximaba con cuidado, sin precipitar el momento del primer contacto, de acariciarlo suavemente con las yemas de los dedos, siguiendo su figura, derrapando en las curvas, parándome en las aristas a la inglesa, percibiendo la textura satinada de la madera. Me miraba, dudaba, escogía, me echaba atrás, volvía a elegir... finalmente, me decidía a abrir lo que sería el primer cofre del tesoro del día.
Sabía, por exploraciones anteriores, que en el cajón superior derecho encontraría plumas antiguas, portaplumas y plumillas, en el fondo, un tintero de tinta negra de China y otro con líquido azul de algún país desconocido, que yo suponía peligroso simplemente por la escasa cantidad de líquido que observaba. Y a la izquierda, tarjetas de visita, tarjetones antiguos y esquelas.
Me constaba que en los intermedios había sobres de diferentes tamaños, grosores, estilos... y papeles de carta con texturas deliciosas, unos satinados, otros rugosos, de pergamino.
En una cajita guardaban los secantes para estrenar y al lado, unos cuantos ya usados, con restos de palabras y letras que sólo se podían leer utilizando un espejo: ¡auténtica magia!
Más abajo había dos cajones más profundos: uno de ellos estaba rebosante de facturas, pedidos y listados de mercancías misteriosas, indescifrables para mi edad y conocimiento del mundo. El otro derramaba cartas escritas en diferentes momentos por diversas manos que habían pasado horas y horas haciendo ejercicios de caligrafía.
En un cajón que se abría tirando de una anilla, removía fotografías de color sepia con los bordes dentados y retratos sobre cartón grueso, enmarcados con líneas negras, de personas que ya no existían.
Y en uno que sólo se abría cuando se estiraba desde debajo de una plataforma deslizante, se encontraba un paquete de sobres atados con un lazo de seda brillante bajo el que reposaba un pétalo amarillento, como una princesa esperando el beso que la despertaría del sueño de años y años.
Sabía también que en alguno de los inferiores se podía encontrar una inmensa colección de botones: nunca entendí qué hacían allí, en aquel secreter masculino, serio y eficiente, un poco huraño. Tan coloreados y juguetones como eran, me parecía que el lugar más adecuado para ellos habría sido el costurero, que era otro de los destinos, algo menos apreciado, en mis viajes mínimos pero fantásticos por el piso viejo, laberíntico y sorprendente de los abuelos paternos

1 comentario:

Anónimo dijo...

Secretos ...

La melodía del silencio ...

Déjame que solo escuche al aire como me deletrea lo transparente, lo que no tiene color, lo que carece de forma, lo que no se puede tocar.

Déjame que lea tu blog sin ese estruendo de música que aflora cuando lo abro, que bombardea al silencio, a la música tenua, y a los sonidos suaves.

Disfruta de lo lento, de lo suave, de lo que se toma despacito y calmoso, de la espuma de un cafe.

Déjame que abra tu blog y lo sienta.

Déjame respirar a través de él.

Un beso