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lunes, 10 de octubre de 2011

El cuello de Audry Hepburn



Para leer este pot es preferible estar escuchando "Moon River" o recordar, como mínimo, la escena de "Desayuno con diamantes" que comienza cuando Georges Peppard oye cantar Audrey Hepburn, mientras trata de concentrarse y esbozar inútilmente un texto en una máquina de escribir. Es un instante casi onírico pero ya se decía de Hollywood que era una fábrica de sueños. La descripción es exacta. De escenas como la insinuada en la primera frase hay muchas y algunas forman parte de nuestra mitología particular. Ya sé que las personas que hay detrás de las veneraciones personales o colectivas pueden o podían (la mayoría ya están muertas) llegar a ser hombres y mujeres con todos los defectos del mundo, pero el creyente no teme la refutación de la realidad, ni se deja seducir por las leyes de la lógica si no por riguroso principio de la fe y el cine es una especie de templo con un santoral lleno hasta los topes. 

Si las mujeres de varias generaciones suspiraban por Paul Newman y se abandonaron a la seducción del magnetismo de unos ojos azules, muchos hombres hemos crecido con la imagen del largo cuello de Audrey Hepburn descubierto por un estratégico recogimiento de pelo. Ya se sabe que el erotismo es la invitación a través de la sugerencia y nunca la belleza de una mujer se había concentrado en tan pocos centímetros cuadrados de piel. Claro que también existe la voz, un susurro delicioso que nos acaricia el oído y sobre todo, contemplar el rostro de fascinación de un Georges Peppard incapaz de articular palabra que rompa el hechizo del momento.

Todo esto para decir que hace pocos días se conmemoró los cincuenta años del estreno de la película "Breakfast at Tiffany 's" basada en la novela homónima del corrosivo Truman Capote. Dirigida por Blake Edwards, con el inolvidable tema musical de Henry Mancini, la película no reflejó la ácida crítica social de la alta sociedad neoyorquina que se desprende del libro pero en las manos de un gran director como Edwards convertirse en una divertida comedia romántica, supuso la conversión de Audrey Hepburn en una estrella de la pantalla y con el paso del tiempo entró por méritos propios en el reducido Olimpo de Hollywood. Cincuenta años después seguimos, como Peppard, mudos, transportados por el encanto de su voz, con los ojos clavados en su cuello, mito entre los mitos, aunque para mí, lo que hacía en la Hepburn deliciosa, glamurosa e incluso erotísima eran las pasitos cortos al caminar.
La fragilidad de lo efímero. 

1 comentario:

hathor dijo...

Resulta chocante saber que Truman Capote,a la hora de intervenir en la elaboración del guión,pensó desde el principio en Marilyn Monroe para el papel protagonista;pero fue Blake Edwards el que defendió con uñas y dientes la candidatura de una entonces casi desconocida Audrey Hepburn;después de 50 años,se puede comprobar que su tenacidad dio un magnífico resultado....