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miércoles, 17 de agosto de 2011

Mis animales perdidos




Si nunca te han amado no te puedes perder. Tú mismo eres la pérdida definitiva, el errante judío sobre el agua. Sólo si has sido amparado puedes conocer que te han dejado solo. 
Hay pequeños animales de pelo metidos en los escombros de la casa. Muy dentro de mí. Siempre se ha mojado la desolación. Conejos de patas cortas, perritos de bruces puntiagudas, gatos viejos y heridos. Los conozco, pero no los recuerdo. Trasiegos innumerables me traen aquí y allá, sin descanso. Imposible detenerse, volver atrás, encender el fuego. La vida es una vorágine odiosa: tienes que comer para poder levantarte. Pienso tiernamente en la vida sin mí. En las trifulcas en que ya no intervendré. Sólo deseo descansar. No busco la muerte, no. Sólo es que no se me ocurre otra manera de estarme una temporada sin trabajar, sin aparecer, siendo invisible.. Pero soy un obediente inquilino de esta vida, y me inclino a las leyes químicas que se me imponen. A veces, mi cuerpo se abarquilla. Afina la piel, abre los opérculos como un tejido de clorofila lo hace bajo la lluvia, recibe innumerables andanadas del exterior que no puede responder ni combatir. A menudo enferma debido a esta involuntaria promiscuidad. Seriamente divago sobre la empatía no buscada, una actividad muy peligrosa. Si fuera cierto y quizás lo es que algunos vivientes funcionan como parásitos energéticos, debo ser una víctima propicia. Pero ser una víctima me pone de muy mala leche, y entonces escucho música de Linkin Park a toda hostia, o hago ver que aún tengo el corazón joven. Tener el corazón joven es como tener una cristalería para los días de fiesta. Una copa o dos siempre terminan rompiéndose entre el fregadero y el lavavajillas, pero todo lo demás se conserva nuevo y brillante, y no es el caso que nos ocupa, mi corazón concretamente, que se parece más a estos vasos altos y gruesos del Ikea, que se utilizan varias veces al día, reciben golpes ahora sí y después también, y se vuelven opacos de tanto lavarlos, aunque duran bastante porque son como blindados, y eso está bien, pero no vamos a buscar brindis de filigrana ni espíritus de juventud. Cuando tienes la piel así que te entra todo sin filtro, te acabas poniendo enfermo. A veces este estado puede durar toda una vida. Hay gente de este tipo, por ellos, la empatía resulta una broma un poco pesada. Otros acaban regulando la situación, y sólo les entra lo que quieren. Yo no sé ya por dónde navego ni si he regulado algo o me han abducido los vampiros de energía, más que nada porque ya no recuerdo las sucesivas experiencias. No recuerdo gran cosa de nada, y eso es una bendición ya veces un mal rollo. Por eso escribo sin orden ni hilo conductor, el hilo se rompe, el que conduce va pasado de vueltas o no llega a los mínimos, y escribir no cuesta tanto como pensar. Puedes sonreír y sonreír y ser un malvado. Puedes escribir mucho y no saber nada de nada. Esto es un mal. 
Tengo animales abandonados en todos los lugares de este mundo, que voy perdiendo y perdiendo. El mundo y los animales. Para distraerme de tanta angustia, imagino vidas lejos de aquí, lanzadas al espacio exterior sin cámara de oxígeno ni impermeable para lluvias de electrones. Imagino el vuelo sin motor, sin alas, que cuestan tanto de manejar y mantener. La serenidad del espacio donde duermen entidades víricas y llamativas en las fosas emergentes de los agujeros negros, que un día u otro acabarán girando como un calcetín y llenarán todo el universo de colores y música de rock melódico. 
Mientras esto no ocurre, vagar por innumerables barrios de mi ciudad declinando, a ras del suelo, descubriendo ínfimos espacios que se van haciendo inalcanzables a medida de irlos observando al microscopio. Grande, pequeño, que importará a estas alturas qué es cada cosa; ¿de qué hablamos al final: de medidas, de estragos, de potencia, de física o de clínicas odontológicas...? ¿Qué resultará más grande y en qué momento o en qué estado, gaseoso o metálico o poético...? ¿Soy  mayor por el impacto que dejo en la tierra -sedimentos e hijos- que la roca que gira en el espacio, cubierta de un vello de ADN de vete a saber de quién, o es mayor la luminaria una pequeña estrella sin satélites donde mirarse, o el carbono primordial que se compacta en silencio, o la próxima bacteria mutante que reinará en todos los tramos digestivos de las lombrices de tierra...? Sí, eso reflexiono, en ratos de ocio, para no sufrir tanto los problemas de verdad. Y como aún no puedo definir las palabras con las que me expreso o que me definen, vuelvo sobre ellas como un pez horrible de balsa fría, lleno de dientes afilados y ojos de pájaro loco que se retuerce sobre la mano que lo coge por la cola: verdad, palabra gastada y quiebra, que ha perdido significado en la escalada del conocimiento, al igual que otras palabras del mismo ramo: bien, mal, amor, fe. 
No dudo que van bien por mal describir el día a día del amor humano y de la fe que aún nos mueve a los incondicionales de Blade Runner de la primera versión. Nada, era para decir una frase con todas estas palabras juntas. Ahora, digamos la verdad-otra palabra de la lista de memorables: todo es relativo, como decía un sabio, pero lo es tanto, de relativo, que ya no sabes dónde tienes la mano derecha. Los cristianos del reino de este mundo y del otro ya lo decían y me parece que a veces todavía lo dicen. Que una mano tuya no sepa qué hace la otra. Era algo parecido, al menos. Ellos dan por supuesto que ya lo sabes, donde tienes cada mano. En este sentido, los cristianos y yo somos extremos opuestos, pero no por ello incompatibles. Quiero decir que si mezclas conceptos, como hago yo abasteciéndome siempre, es natural que salga tal pisto de tomate y pimiento. Yo presupongo, claro, que no sé qué mano es cada una y que no sé tampoco dónde tengo la cabeza. Entonces, es muy difícil tener fe, esperanza, o caridad, u otras cosas aún más virtuales. La verdad es una entidad tan compleja que por fuerza ha de acotar continuamente. Pero acotar es cansado, porque tienes que utilizar argumentos, y yo sólo quiero que no haya tantas viejitas solas por la calle cuando hace frío y quiero correr por el campo ahora que todo está precioso y sobre todo poder tomar café a todas horas. Y no llenarme de tristeza cuando siento que he dejado tantas cosas a medias, tantos animales detrás de mí, que no puedo recuperar. Ni las cosas, ni a los animales. La felicidad es una ventana abierta con el vidrio lleno de claros, por donde entra un buen sol, después de una mañana nublada, con el portátil encendido y el gato durmiendo sobre la mesa – si es que lo tuviera-. Sí, no conozco otra felicidad que ésta, que ya es mucha y quizá demasiado, porque de buena tinta sé ​​que hay personas que tienen frío siempre, o están enfermas, o viven en un mundo donde los gatos tienen el valor de lo que pesan y donde no hay portátiles que se puedan utilizar. Y a la vez que me siento desolado por estas y otras certezas, sigo buscando espacios por donde perderme en defensa propia. Tengo un mapa de los barrios de la ciudad y de las diversas posibilidades: vueltecita, pequeño paseo, medio barrio, largo recorrido. Estoy haciendo un trabajo de campo exhaustivo a base de examinar variantes diversas: tráfico, tipo de gente, ruidos, obras, velocidad de los peatones, tipo de conversaciones escuchadas o su ausencia, estado general de lucidez, edades predominantes, bicicletas en tránsito, número de perros con correa o sin ellas - brillantes, tristes, pretenciosos - y sobre todo, situación de librerías y pastelerías, por si en cualquier esquina nos entra el mono, o sea el hambre del alma o del cuerpo , y nos encontramos lejos de casa y de nuestra nevera. Soy el convidado de piedra de todos los barrios, me paro en las esquinas, miro a la gente y las pintas que hacen, no me meto casi nunca en ningún trifulca, no siento que haya niños o perros por medio, a veces hablo con viejecitas que hacen cara de buenas y se tambalean por la calle, para escuchar su voz y ver de cerca sus ojos de muñeca. Las chicas con rastras me gustan bastante, aunque no hay que generalizar. Hay barrios que parecen lugares de paso, siempre con gente que hacen cara de tener prisa, y todos rígidos dentro de una ropa que no les cabe, y que abren de muy lejos sus coches con el mando, para no perder tiempo, hay barrios oscuros con bares pequeños y tiendas de comestibles, hay barrios con plazoletas llenas de gente sentada, viejos, niños, que observan la gente que pasa, hay otros barrios en las afueras, con grandes edificios de pisos a medio hacer, con aceras anchas y arbolitos delgados con listones atados para que crezcan rectos, con bandas de chicos amontonados en los portales y gente que pasea el perro. Pero este estudio es improductivo porque su vaguedad de contenido no aprovecha a nadie excepto a mí, que hago ejercicio, percibo el fresco y encima paso un rato distraído. O sea que ya es mucho y no pido más. Olvido largas horas a mis animales perdidos y ella huele todas las esquinas y de paso se mea. Después, en la relativa calma de la noche, las pérdidas se vuelven a hacer grandes y terribles, y me atacan aunque la Nani duerma en mi almohada y Tresky –mi otro imaginario animal- haga rruuuu-ruuuu a los pies de la cama,  dando cuarenta vueltas antes de encontrar la postura ideal aplastado entre el nórdico y mis piernas. No se debe subestimar el calor de los pelos de sus corpiños de perro y gato de casa buena, aunque de vez en cuando una pulga eufórica pase de unos a otros, con las prisas de lo que quiere subir a todas las atracciones del parte temático en que se convierte nuestra habitación, de noche, entre respiros, soplos, patadas, estornudos, maullidos y zumbidos en la oreja. A veces, pienso que yo también soy un animal perdido por alguien que me amó y que no recuerdo. A veces, imagino que de mi deambular sin cesar por todas las calles, no acabaré encontrando la coyuntura, quizá estoy buscando algo sin saberlo. Y que un día, algún portal del barrio viejo se abrirá a mi paso para tragarme hacia una especie de agujero negro de todos los barrios, donde van todas esas cosas bellas que tuvimos y que nos esperan, paseando por anchas aceras con árboles magníficos y casas pintadas de colores, con jardines, bajo un espléndido sol de primavera, en un aire fresco de olor a tinta nueva y pan recién salido del horno.

Linkin Park
http://youtu.be/1yw1Tgj9-VU

2 comentarios:

Hathor dijo...

Catarsis...es como contemplar una sima a través de la cual se escupe la lava ardiente que guarda la Tierra...¿y después? ¿Hasta cuándo va a ser ahora,y empezará a ser "después"?

Despierta,y usa las orejas...

Hathor dijo...

¿Para qué quieres esperar al agujero negro?