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domingo, 17 de julio de 2011

La simplicidad mental


Raúl Algorit se maravillaba de la simplicidad mental que le rodeaba, de cómo las personas tenían razonamientos comprensibles y sin muchas complejidades. El secreto de la felicidad incluso era esa simplicidad, la falta de angustias importantes, tenerlo todo resuelto, y molestar a los demás si era necesario, y agredirlos como fuera posible para mantener su simplicidad.

Raúl Algorit consideraba que un poco de complejidad en la cabeza no estaba de más, que algunas contradicciones podían ser provechosas, que al final no ser coherente y redondo no era ningún crimen. Pero no era de la complejidad mental de lo que reflexionaba Raúl Algorit. 

La simplicidad mental ordenaba que cada cosa debiera tener su color, su lugar y su función, que hubiera órdenes que había que cumplir y ser estricto en todo momento. Que la tolerancia y el respeto por el trabajo de los demás no valían mucho, en el supuesto de que no aportaba nada a uno mismo. El “girocentrísmo” de algunos los llevaba a girar en órbitas estrambóticas alrededor de su ombligo. 

Ser simple mentalmente era fácil, era lo que hacía todo el mundo, no había ningún secreto, ni era necesario que lo hubiera. La simplicidad aseguraba la causa y el efecto, su relación, de modo que obedecer las leyes de la cotidianidad garantizaban unas determinadas prerrogativas, que si otros no tenían era porque se rebelaban contra estas leyes. Raúl Algorit no compartía este punto de vista, pero lo observaba. 

En la simplicidad mental se podía estar cargado de razón. Los elementos eran pocos y se podían combinar fácil y armónicamente, de manera que lo que cuestionara estos elementos podía atacar con dureza y contundencia. Nada podía impedir la simplicidad mental de imponerse a alguien con demasiadas ideas en la cabeza. 

Se puede pensar que las personas se aman unas a otras. Raúl Algorit no estaba del todo de acuerdo. Muchas personas pensaban que amar era hacer daño, que las palabras duras eran sinceras y que había en todo momento que ponerse dramático para ayudar. Raúl Algorit consideraba que estas ayudas eran sobrantes, no las necesitaba, pero en tanto que los otros las consideraban necesarias las tenía que aguantar.

Así pues Raúl Algorit se sentía disconforme con esta obsesión por la verdad que duele, producto de la simplicidad mental, porque lo que hacía mal solía ser categórico, y lo categórico no puede sino ser simple, o provenir de la simplicidad. La complejidad era dubitativa y poco decidida, de un lado u otro aparecían interrogantes, matizaciones y reparos de todo tipo.

Raúl Algorit se desesperaba. Algunas veces pensaba que los otros, o algunos de los otros, estaban empeñados en sabotear, porque escapaba de la simplicidad mental, porque no correligionaria con sus ideas obvias. Se había vuelto poco a poco una persona del todo conformista con algunos aspectos de su existencia. Paciente y listo, sin ataques frontales, porque encontraba que atacar y golpear sólo podía ser señal de falta de complejidad.

Su interior era de un retorcimiento delicioso, al tiempo que era percibido como simple por los de la mentalidad simplista o la simplicidad mental. Aquellos que consideraban Raúl Algorit como una persona explicable fácilmente pensaban que su vida interior y exterior era bastante rica, más rica que la de los demás. Sólo podían comparar en lo aparente, y de apariencia Raúl Algorit tenía poca. 

La cuestión al final no era tener un trabajo, era que el trabajo debía ser lo suficientemente insoportable, ni tener una pareja, sino que la pareja fuera suficiente molesta, en general las personas con simplicidad mental consideraban que la vida debía ser un calvario, que había que hacer la puñeta a los demás y que de alguna manera si no les pinchaban los estaban engañando, haciéndoles creer la tontería que podían ser felices. 

Las razones eran muy diversas desde la simplicidad mental. El mundo era un lugar salvaje, y por tanto había que hacerlo salvaje, de lo contrario todo se derrumbaría. El débil debía sufrir por su debilidad, y el incapaz por su incapacidad. No hubiera tenido ningún sentido que el débil hubiera sentido algún tipo de fortaleza o la incapacidad algún tipo de capacidad. 

Los de la simplicidad mental podían criticar en tanto que tenían algún tipo de superioridad sobre otros que estaban en un estado inferior, de falta de habilidad. Raúl Algorit se rebelaba contra esa idea. La simplicidad mental no podía ser reivindicada con orgullo, y mucho menos podía ser usada en contra de los demás. Pero no atacaba a los que tenían esta simplicidad mental, porque entonces él mismo estaría perdiendo afiladamente su cabeza, y eso le hubiera fastidiado notablemente.

Las cosas iban rodadas para Raúl Algorit. Los valientes y sus ideas atrevidas se deslomaban a trabajar o se quemaban el cerebro pensando todo el día, en las mismas ideas, porque la simplicidad mental no era impedimento para darle vueltas a la misma simplicidad durante todo el día. Ni en mantener conversaciones absurdas durante horas. Raúl Algorit decía bien poco, no tenía interés en revocar las ideas de nadie ni en hacerles cambiar de opinión. 
Raúl Algorit era perezoso, con una razón que no quería compartir. La petulancia de algunos era insoportable. Con sus silencios querían expresar algo, dar una lección o expresar una superioridad. Raúl Algorit consideraba que se les podían meter donde les quepan sus aires de superioridad moral. Por otra parte, cabe decir que Raúl Algorit reivindicaba la simplicidad de las cosas, la simplicidad de la vida y la tranquilidad de estar en paz con uno mismo. 

Podría parecer una contradicción, pero no lo era. Las cosas exteriores eran simples, eran objetos de la cotidianidad y tenían sus mecanismos. No debían ser complicadas. Los objetos interiores eran de una complejidad mayor, respondían a una interpretación determinada del mundo y no podían ser reducidas satisfactoriamente a las cosas exteriores, al menos a unas cuantas. Había que entender que de cosas interiores genuinas había pocas, porque al final todo el conocimiento de una persona proviene del exterior. 

El caso era que Raúl Algorit valoraba las cosas simples y los razonamientos complejos, no al revés. No vivía volcado en la exterioridad sino a la interioridad, y consideraba que no debía revelar lo que pensaba sin consideración y sospesamiento. 

Así pues apreciaba los placeres sencillos y cotidianos, sin muchas extravagancias, y dejaba discurrir su imaginación, que había de seguir sus propios caminos, sin muchas ideas prefijadas, intentando comprenderlo todo a la vez. Mejorar en el conocimiento del mundo, hacerse quizá más sabio, o al menos tener más conocimientos que pudieran hacer comprender mejor más cosas, he aquí sus objetivos. 

Miraba la calle y veía pasar los coches, veía las tiendas, las personas y su manera de vestir, cada uno intentando expresar su personalidad, y lo encontraba relativamente correcto. En concreto en el caso de los coches lo encontraba una tontería, en cuestión de vestimentas quizás también. Raúl Algorit  ocupaba poco o nada de su aspecto, y en algún momento había elegido una pieza de ropa que se había convertido en algo permanente, sin mucho interés por demostrar quién era o quién pretendía ser. 

El queso era el colmo de la simplicidad. Se lo comía por su condición elemental de materia prima. El pan era otra de sus predilecciones, y quizás el jamón. No necesitaba elaboraciones sofisticadas para sentirse satisfecho por una comida, y habiendo comido y dormido, no necesitaba mucho más para sentirse cómodo con su vida. El resto eran ganas de hacer rodar el mundo, de continuar con una civilización, de pensar en que hay razones fuera de la razón, al pensar que un plato elaborado de una manera concreta expresa el significado de los tiempos. Todo ello tonterías. 

Raúl Algorit no estaba muy dispuesto a hacer concesiones a la realidad. Quizá todo ello invitaba a ser de una determinada manera, de tener unos gustos y unas aficiones, de hacer unas actividades u otras, mas él no seguía este razonamiento extraído de la simplicidad. Del mundo sólo quería alimento y cobijo, y algún tipo de fuente de entretenimiento para su mente, mantenerla ocupada y productiva en cosas que no tuvieran una verdadera utilidad práctica.

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