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viernes, 17 de junio de 2011

Recuerdos de discoteca


Nunca he sido el rey de la pista, ni siquiera el príncipe o algún miembro de la aristocracia discotequera pero sí he sido un asiduo de estos locales en algún momento de mi vida. Recuerdo esta etapa con ambivalencia, tocado por un sentimiento de nostalgia difusa y a la vez por una cierta prevención que hace que, con los años, haya confeccionado un recuerdo manipulado, como todos los recuerdos, no muy grato precisamente. Las imágenes que me vienen son las de una espera interminable en un parking, dentro de un coche destartalado, sintiendo el viento por todas las rendijas y ranuras, percibiendo la propia pequeñez ante del tiempo desatado en medio de un paisaje infinito . Y a mi lado un amigo mío, fiel, callado, respetando mi silencio, como si ambos estuviéramos afectados por la misma enfermedad: la soledad, un sentimiento compartido pero incomunicable que nos atacaba imperativamente las tardes de domingo.

La discoteca estaba casi vacía cuando entrábamos. Entre la penumbra, avara de luz el local en aquellos momentos, veíamos las camareras, inaccesibles, con una profesionalidad empapada de rutina, preparando todo para la masiva entrada de jóvenes, ávidos de diversión y de alcohol. La canción que sonaba, en estos prolegómenos de la horterada posterior,  era invariablemente "Can´t Get Enough of your love baby " de Barry White, ese toque de batería y esa voz inconfundible que impregnaba de notas de buena música, sin que sirviera de precedente, la calma efímera que señoreaba el local hasta la irrupción en tromba de toda la juventud.

Cuando llegaba el grueso del pelotón, las luces se encendían y Barry White se iba al carajo, barrido por los éxitos del momento, canciones compuestas con la base de un buen sonido de batería que se iba repitiendo con pocas variaciones en la melodía (si es que había) Una de las que sonaban más y que aún se podía aguantar (al menos, mi recuerdo no le ha tratado tan mal) era 
" Stuck in the Middle with you " de Stealer's Wheel (que hizo famosa Quentin Tarantino en su Reservoir dogs) que animaba la concurrencia y hacía salir a todos a bailar.


Para ser sincero he de confesar que nunca he ligado en una discoteca. Es más, dudo mucho que alguien lo consiguiera. Afortunadamente en otras ocasiones en las que no había música por medio sí pude tomar contacto con algún elemento del sexo femenino, con resultados diversos según el caso. La razón de esta imposibilidad hay que atribuirla al “chumba chumba” omnipresente en estos locales que convertía en absolutamente inaudible cualquier palabra que saliera de una boca humana. El ritmo de la percusión era tan exagerado que sentías retumbar la caja torácica como si quisiera hacer la competencia al mismo corazón. Claro que el ruido podía disimular los latidos y de esta manera suavizar un poco los efectos de la timidez pero excepto en el breve espacio de tiempo en el que "tocaban lentos" la conversación alcanzaba tonos de heroicidad ya que las palabras eran dichas casi gritando, con la mano ante la boca formando una especie de embudo y acercándote todo lo que podías a la oreja de tu interlocutora. Ahora, estimulado el hilo de la memoria veo que tengo que rectificar. Una vez, en una discoteca de la Ruta del Bacalao, muy famosa en todo, mi amigo M. y yo bailamos con unas chicas muy simpáticas y que no estaban del todo mal. Fue inmediatamente después del “chumba chumba” y cuando empezaba el primer lento que nos abalanzamos sobre las que teníamos más cerca y para sorpresa nuestra, ante la obligada pregunta, nos dijeron que sí. Nos comentaron que normalmente iban a una discoteca bastante conocida en su zona pero que en ese momento estaba cerrada. Después de la música paró, nos faltó tener la cabeza clara para saber que se debía hacer en ese momento y cuando nos dimos cuenta ya se habían perdido entre la multitud. Fuimos unos barquillos.

Aparte de los que "buscaban"  estaba el grupo de los que "ya habían encontrado". Estos no bailaban (no estaban allí para quemar aceite). Nada más empezar se escondían con sus parejas en los oscuros reservados y allí comenzaban las sesiones de morreo y manoseadas que cada vez subían más de tono, hasta el punto que se comentaba (leyenda urbana o vete a saber si no era cierto) que alguna pareja había pasado a la acción (naturalmente si la chica llevaba falda) y el chico había "mojado el bizcocho, mojado el borrego o puesto el burro en el porche", alguna de estas expresiones tomadas de un compañero de un amigo con el que nos habíamos reído mucho con la ocurrencia.

La vuelta a casa se producía en silencio. Creo que no nos podíamos desembarazar de una sensación sórdida y extraña de hacer el ridículo, un ridículo permanente que se repetía semana tras semana y que iba acompañado del profundo convencimiento de estar perdiendo el tiempo, un tiempo que, por otra parte amenazaba como una espada de Damocles y esperaba su turno en forma de lunes temido y odiado, inevitable trance que se divisaba funesto detrás de las últimas horas de aquel otro domingo desaprovechado. El coche se tragaba la noche, las luces apartaban por un momento las tinieblas que nos volvía a envolver. Los presagios nos cautivaban. Por contraste, después de aquella obscena acumulación de decibelios, de la algarabía ahogadora de la discoteca, en el habitáculo acogedor del vehículo destartalado, nuestros pensamientos volaban libres, por separado, cada uno encerrado en el escondite seguro de su propia concha
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