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martes, 28 de junio de 2011

Conxeta


Siempre le habían gustado las rosas, sobre todo las blancas. Por eso, cuando tuvo que decidir qué plantaría al pie de la valla que separaba su jardín del vecino, no tuvo que pensar mucho. De entre las numerosas variedades, le recomendé, hace ya unos 20 años, las Comtesse du Murinais, estirpe de rosal antiguo de finales del XVIII que, según le expliqué, hacen unos pétalos de doble capa, apretados y vigorosos, que perduran más que los de las rosas comunes. 

Cuando se levantaba, nada la hacía más feliz que asomarse fuera para admirar la belleza de aquel estallido de capullos y oler el aroma dulce e intenso que le llevaba el aire de la mañana. Nunca consintió que nadie cortara una sola flor de su jardín "Dos días es poco tiempo para nosotros, pero para ellas es toda una vida!" -Le había oído decir más de una vez-. "Tienen que poder envejecer sin que nadie ni nada se las quiebre la vida antes de tiempo"-proseguía, con un tono de voz apacible y suave, siempre acompañado de una sonrisa. Habría dicho que aquella mujer menuda, de facciones dulces y armónicas, compartía con las rosas el proceso efímero de su existencia, desde el nacimiento hasta la muerte de cada una de ellas. Cuando se acercaba para acariciarlas, se podía percibir el amor y la ternura que desprendían esos ojos almendrados, de color de las violetas. 
A pesar de la edad, conservaba el rostro juvenil y la expresión inocente, una inocencia natural que la hacía encantadora. Siempre pensé que, de joven, debería haber sido una mujer muy hermosa. LaSeñorita  Conxeta, tal y como todo el mundo le llamaba, ya pasaba de las sesenta cuando yo la conocí. Nunca se casó ni se le había conocido ninguna relación formal, aunque las malas lenguas hablaban de un amor secreto de juventud. Los más malintencionados incluso se atrevían a afirmar que el hombre que la había seducido era un casado del pueblo de al lado. También decían que, cuando se extendió el rumor, un sector del pueblo le volvió la espalda, pero ella siempre se mostró indiferente a las miradas insidiosas y los comentarios maliciosos que se hacían en voz baja. Desde detrás del mostrador de la mercería, atendía a todo el mundo que entraba con la misma amabilidad y cortesía. Era una mujer educada y culta pero a la vez lo suficientemente humilde y discreta como para no hacer ostentación. 
Sin embargo, lo que más destacaba de su carácter era la generosidad, tal como podía comprobar cualquiera que se le acercara para pedirle ayuda o consuelo. Estoy convencido de que la Señorita Conxeta era capaz de percibir pequeñas chispas de bondad incluso en aquellos seres humanos que actuaban con maldad y miseria. Sabía amar. Y, por encima de todo, sabía transmitir ese amor. No sólo a las personas, sino también a las rosas blancas que crecían en su jardín. Esto es lo que iba pensando mientras paseaba, de vuelta a casa, por el camino bordeado de cipreses que hay delante del cementerio. Hoy, todo el pueblo estaba aquí para acompañarla en su entierro. La muerte de laSeñorita Conxeta ha sido repentina y nos ha dejado sobrecogidos a todos.
Cuando he pasado por delante de su casa, me ha parecido que incluso las rosas, que siempre había visto de un blanco inmaculado, habían amarilleado. Y he tenido ganas de explicarles lo que tantas veces le había oído decir: "Vivid y envejecer. Que nada ni nadie te quiebre la vida antes de que sea el tiempo de morir". Claro que a mí no me habrían podido escuchar. Me hubiera hecho falta su voz. Cuando estaba justo delante de su casa, he visto como una rosa blanca, aunque a medio abrir, se desprendía y me venía a caer a ras de los pies. La he recogido y me la he aproximado al cuerpo, como si quisiera consolarla por aquella muerte precipitada.
No conozco todo el lenguaje de las flores, pero habría dicho que, a través de los pétalos que se le iban desprendiendo, compartía conmigo su tristeza. Yo la he mimado con los dedos y, en silencio, le he prometido que la conservaría. Incluso he pensado en el libro, Una pequeña muestra de manzanas de Paul Eluard, que será el encargado de acogerla entre sus páginas. Me ha parecido rendir tributo, aunque modesto, a una mujer que vivió, envejeció y murió cerca de las rosas blancas.

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