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domingo, 17 de abril de 2011

Un sueño


Te miro y duermes con tus ojos de miel escondidos tras los cerrados párpados. Dormida tienes cara de ángel. No puedo evitar mirarte. Eres tan bella. Siento tu respiración que, acompasada, marca el ritmo de tu sueño. Un sueño que transporta  a tus labios de cereza, un murmullo distante, un susurro de ensueño. Me pregunto sobre qué sueño cabalgas, con tus cabellos negros  ondeando, libres, al viento. Estos, en la penumbra de la habitación, forman un mar de tierra sobre la almohada y tu dormido rostro. Tengo la tentación de acariciarte para sentirte como seda entre los dedos. Me abstengo por miedo a despertarte, aunque no es el momento, aún puedes seguir en el mundo gris de la noche, mientras yo te observo desde aquí. Me siento a los pies de la cama, desde donde te imagino desnuda bajo las sábanas. Estas, dejan entrever tus suaves curvas, haciendo volar la imaginación. La imaginación me desborda, trasladándome en el espacio y el tiempo, hasta ese día,  ahora hará unos años.
Llegaste temprano, habíamos quedado a las cinco de la tarde, pero, media hora antes ya estabas en la puerta de mi casa.
- Necesitaba salir de casa y he venido antes. ¿Puedes salir? - Me preguntaste sólo al abrirte la puerta.
- Un momento, que cojo las llaves.
Dos minutos después ya caminábamos sin rumbo por las calles desiertas. No hablábamos. Caminabas con la mirada perdida, sumergida en tu mundo, en tus pensamientos. Yo te miraba, no entendía porque estabas así, pero, algo dentro de mí me decía que era mejor no preguntarte. Tiempo después, sabría que tu padre había tenido un accidente de coche y que mientras tú corrías a buscar refugio a mi lado, él, moría camino del hospital. Extraños en el revuelo alrededor de tu padre, nuestros pasos nos llevaron hacia la pequeña y escondida cala. Apenas fuimos junto al mar, y ante mi sorpresa, empezaste a desvestirte. Una vez desnuda, subiste a la primera roca donde rompían las olas, y desde allí, antes de tirarte al mar, dejaste que te contemplara con tu contorno recortándose en el cielo azul.
Estuviste mucho rato nadando sola de aquí para allá, como una sirena de los viejos cuentos. Yo te observaba desde la arena, hasta que me arrastraste dentro del agua contigo. Allí, sin avisar, me diste el primer beso. Aún lo recuerdo, un beso con sabor a miel y cielo, un beso de mar, un beso bajo el sol rojizo, un beso en el que el tiempo se detuvo en los labios del otro. Poco después, bajo aquel pino, hicimos el amor con el mar y el sol como únicos testigos de nuestra pasión.
Parece mentira que haya pasado tanto tiempo. Parece que fuera ayer cuando, con los ojos llorosos, me pedías que no me alejara nunca de tu lado. Aunque ahora si cierro los ojos, como si de un sueño se tratara, recuerdo la húmeda suavidad de tu cuerpo, antes de rehacer el camino a casa. Cada día contigo, es como un sueño, un sueño del que siempre despierto a tu lado.
Te despiertas.
- Buenos días. ¿Hace mucho que me esperas?
- No mucho... Apenas lo que dura un sueño.

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