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sábado, 12 de marzo de 2011

El mágico amanecer

La oscuridad perpetua, que lo envuelve todo, que despierta nuestras incertidumbres, nuestros miedos e inquietudes se ha apoderado de nosotros. Justo en este momento de inquietud, la luna algunos días sale llena para darnos confianza y maravillarnos con sus encantos, otros, sale indecisa o queda escondida tras el velo negro de la tristeza. Las estrellas, curiosas, brillan en un intento fallido de iluminar la existencia, y, frustradas, no saben que su leve brillo nos fascina y nos hace imaginar lo impensable en su inocente forma de colocarse. El silencio, siempre sospechoso sin haber hecho nada para serlo, disfruta de su momento de tranquilidad esperando, en el fondo, que algún ruido dulce y agradable rompa su dominio nocturno y le haga compañía. Algunos pájaros atrevidos hacen acrobacias en el cielo sólo por su propio deleite. Nosotros, mientras ocurre esta oda nocturna descansamos plácidamente ajenos a lo que ocurre en nuestro entorno o, en caso de estar despiertos, a menudo somos incapaces de ver las bellas entrañas de la oscuridad.

Las horas pasan, y una brizna de luz parece divisarse justo detrás aquellos confines que marcan el horizonte, allí donde nuestra vista alcanza y nuestro corazón anhela llegar. El sol, temeroso de la oscuridad y vergonzoso de encontrarse a su amada bajo la atenta mirada de tantos y tantas estrellas, sale muy poco a poco. Su potente brillo le delata, pero no puede ocultar la alegría de salir un día más, mientras su corazón late con ganas sabiendo que, algún día, aunque sea por casualidad, se cruzará con su princesa de piel blanca y fina. Pensando en ella, la temperatura de su cuerpo sube y sube, desprendiendo un calor que llega hasta a ras del suelo, capaz de evaporar el agua de los mares, de secar ríos y fundir el mayor de los icebergs. Al ver que el cielo está listo para convertirse en su reino, donde poder disfrutar, con más desencanto que alegría, de su soledad, se apresura a hacer acto de presencia y demostrar su poder a todos los seres vivos que ni sólo son capaces de mirarlo directamente de tan grandilocuente como es, olvidándose de que apenas unos instantes antes dudaba indeciso siguiendo los impulsos de su corazón y no el afán de poder que su razón y ambición le exigen.

Con el sol en el cielo las flores brillan, los árboles se muestran con todo su esplendor y los ruidos más diversos lo invaden todo. Un nuevo día nace y nosotros despertamos decididos a vivirlo desconocedores de todo lo que ha pasado aunque, quizás, actuaremos como el sol, la luna, las estrellas, los pájaros o el tímido y cariñoso silencio en este día que puede ser el primero, el último o un día más de grandes situaciones y acontecimientos, de nuevos proyectos o simplemente de nuestra supuesta insignificante existencia, aquella que nosotros mismos a menudo no valoramos pero que, sin que nos demos cuenta, para algunos puede ser mucho más valiosa que el mejor de los tesoros.

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