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martes, 15 de febrero de 2011

Líneas cardinales

¿Sabes? Hoy he vuelto al cruce, esa intersección de carreteras donde te conocí. No había vuelto... Iba con miedo, pero no esperaba de ninguna manera que la hubieran cambiado totalmente. Sí, la furia constructora lo ha transformado en otra rotonda, una más de tantas que han ido surgiendo como setas monstruosas en las carreteras secundarias y circunvalaciones. De acuerdo, quizá tengan razón: reducen la velocidad, la siniestralidad ... Te pueden gustar más o menos, con sus islas centrales con imitaciones más o menos exitosas de jardines, paisajes rurales o forestales ... o decoradas con obras de pretendido arte. Ahora se ha extendido la plaga de las macro esculturas de hierro oxidado que parecen una lúgubre imitación de la chatarra en que se convierten los coches al chocar entre ellos.

Afortunadamente, esta rotonda aún está inacabada. La redonda central es virgen, poblada con tierra desnuda en la que aún apenas ha arraigado ningún matorral. De todas formas, ha desaparecido, claro está, esa aguda linealidad del antiguo cruce que formaba cuatro precisos ángulos rectos. Ni siquiera es fácil adivinar las rectas absolutamente definidas que antes desembocaban. Ahora, los cuatro caminos trazan sinuosos rodeos para confluir suavemente en la rotonda. Es como si una mano falsamente compasiva hubiera querido borrar la antigua mano que diseñó una intersección  perfecta donde se cruzaban con una limpieza implacable el norte, el sur, el este y el oeste. No he podido evitar sospechar que lo han hecho por ti, como cruel, absurdo, inútil homenaje.
Tú venías del sur, yo iba. Aquella mano que había señalado la intersección sobre el mapa había señalado también nuestro destino. Tu, mi, el de ambos. Involuntariamente, claro, él, el ingeniero, el arquitecto, lo que fuera que dibujó sobre un frío mapa aquella exacta y precisa intersección de los puntos cardinales, no podía imaginar entonces que también estaba diseñando la intersección de vidas que ya no podrían separarse nunca más.

Quizás ahora lo sabe, quizás tiene noticias. Noticias vagas y remotas, como los dioses deben tener de los pequeños personajes de los mundos que han creado. Quizás se cree hasta ligeramente culpable, pero él no es el culpable, está claro.

Para de hablar. Se levanta. Debe irse ya, sabe que los familiares de ella están a punto de llegar. Deposita un beso en ese frente frío, por encima de los ojos que se cerraron tres años atrás, aquellos ojos que los suyos no han visto nunca y que nunca han visto a los suyos, salvo en aquel momento, ese frenético instante que no ha podido olvidar ya, en que uno y otro se miraron horrorizados sabiendo que iban a estrellarse.

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