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viernes, 18 de febrero de 2011

El último tango en París

La protagonista femenina de la película que provocó colas kilométricas en La Junquera y en los accesos a Perpiñán ha muerto a la edad de 58 años, víctima de un cáncer. A finales del franquismo, este film prohibido en España originó peregrinaciones masivas cerca de la frontera, que esperaban ver al otro lado lo que se les ocultaba de puertas adentro. El fenómeno tuvo una repercusión tan masiva que incluso La Trinca le dedicó una canción, cambiando la famosa escena de la mantequilla por otra con margarina.

Es lógico que, en aquel momento, en una situación en la que las imágenes habituales del país eran las mantillas y las condecoraciones, la exhibición de los cuerpos de los protagonistas y las relaciones sexuales más o menos explícitas representaran un cebo muy poderoso para atraer a los supervivientes de la dictadura hacia los cines de Perpiñán. El filme de Bertolucci, que contiene una rica y extensa lectura de la psicología y las relaciones humanas que, pasados los años y curados de espantos, destaca por encima de los encantos de la Schneider. El sexo, tal como lo vive la pareja protagonista no se presenta como un instrumento para el disfrute, ya no hablo de ternura, si no como un medio de dominación del profesor experimentado sobre la alumna dulce y ávida de conocimientos.

Ciertamente es una relación consentida y no una violación, pero el fogoso encuentro íntimo en el marco de un vínculo un poco forzado de los personajes entre un maduro Brando y una cándida Schneider (él con cuarenta y cinco años y ella con veinte) tiene más de bálsamo de una frustración que de instrumento de placer. Son dos corazones solitarios que no quieren saber nada el uno del otro y la suma de dos soledades no da nunca como resultado una pareja si no una soledad compartida. El mismo escenario de sus encuentros, un piso sin muebles de París nos expone con más desnudez que la de los cuerpos, el vacío de los personajes, la deriva de unas historias vitales frustradas que inútilmente quieren enderezar con el sexo. No le fueron bien las cosas a María Schneider tras el filme, marcada para siempre por el lubricante alimentario. Ahora se ha marcado su último tango, un vis a vis indeseable pero inevitable con una bailaora que, cuando entra en la pista, no admite la calabaza por respuesta.