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viernes, 15 de agosto de 2008

La Esperanza (Cuento)

La esperanza, esa extraña ilusión que nos permite seguir viviendo cuando se está muerto, ese halo de perseverancia que permite contemplar luz, allí donde hay oscuridad. Herramienta poderosa, que sólo algunos poseen, y que a aquel marino sólo le dio fuerzas para continuar moviendo los músculos de su mano con esa esperanza, no de que lo encontraran a él, sino a sus memorias finales. No sabía los días exactos, ni ya le importaban, su existencia se perdió en mitad del índico, al igual que su tripulación, engullida por su húmeda y gélida garganta. Todavía resistía, flotando por el horizonte, con tan solo un cuaderno de a bordo, salvado sin explicación y la pluma que su amada decidió regalarle en su partida. No le alimentaban, ni le daban vida, pero si le motivan para hacer saber a su mujer que la tuvo hasta el último día entre sus manos. El torniquete dorado de su rodilla, ofrecido por sus galones, se aflojaba, y no tenía ya fuerzas para apretarlo. El agua que la lluvia depositaba en las botas, se agotaba, y el continuo crujido del casco aceleraba su reencuentro con aquellos que perdió. Le temblaban los ojos, y se le encogía el corazón, “cariño, hundo el bote con mis lágrimas para descansar y esperarte allá en el cielo, y entonces poder soltar tu pluma, no escribir tu belleza, sino contemplarla, no plasmar mis sentimientos, sino recitártelos”. ”Espero que con nosotros pueda estar el nuevo sonido que recibo del cielo; el canto armónico de las gaviotas que emergen en tu recuerdo.....” ¡Un momento!
¿Gaviotas? Creo que era la primera vez que miraba al horizonte en días y que el mar salpicaba en su cara con espuma. Un trozo de papel y el recuerdo de una pluma le mantuvieron con vida treinta y tres días, suficientes para que la madera besara la arena. Esperanza, muchos dicen que se gana, otros que se compra, y otros que se pierde. La única verdad es que siempre está ahí, pues es innata en nosotros y no la mueve nuestro raciocinio. La mueve, a veces inconscientemente, nuestro corazón, pues es de ahí de donde provienen los actos más bellos de nuestra existencia.

Me gustaría que mi vida fuese bonita, bella. Que existiera Dios y que le hubiese confiado a David Lean para dirigirla. Ser un personaje de “La hija de Ryan”, de “Breve encuentro”. de “Pasaje a la India” o de “Doctor Zhivago”.
Me gustaría volver a vivirla…

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