
El tren ralentiza la marcha. Con pocos minutos de
retraso sobre el horario previsto, el convoy zurce el paisaje de las afueras de
Valencia. Los carrizales dispersos ceden protagonismo a los marcos, los
huertos discretos en una alfombra limita el asfalto. Los edificios se
yerguen cada vez más altos, cada vez más cercanos. La ciudad, que es al
mismo tiempo etapa y meta, premio y castigo, paraíso y monstruo, realidad y
sueño, pesadilla y delicia, te engulle.
Los pasajeros habituales reconocen los indicios. Los más impacientes
empiezan a moverse o remover sus pertenencias. Lo hacen con calma, pero,
conscientes de que faltan unos minutos para sumergirse en los túneles. Otros
quedan inmóviles, aunque mecidos en los sueños, se permiten estar despiertos,
resistiéndose a renunciar a la pasividad, la irresponsabilidad y el anonimato. Algunos
aprovechan para contemplar el panorama humano interior, que está a punto de
borrarse para siempre: repasan los que han sido compañeros involuntarios de
trayecto durante un tiempo breve, demasiado breve para compartir nada,
conocerse o crear vínculos, camino de la urbe.
La mujer
De repente, la mujer seria siente un odio irracional hacia
la chica morena, que ríe como si la vida fuera una causa constante de alegrías. Hace
días que ella no encuentra motivos suficientes, para hacerlo. No sabe que
unas horas más tarde se reirá, a labio partido. Por lo tanto, ahora mismo
le parece injusto que la alegría esté tan mal repartida, la fatiga que arrastra
no es una buena abogada del prójimo. No ha descansado mucho, la noche
pasada: los nervios, las pesadillas, la madrugada... Valencia no está al
lado de su casa. Esto quiere decir que si te citan a primera hora, tienes que
levantarte muy temprano, porque vives lejos. Es tu problema. Si
vivieras en Valencia, ya estarías. - Quizás
también deberías madrugar-murmura la mujer, sin darse cuenta de que lo hace. Algunos
conocidos suyos que viven en la gran ciudad, se tiran horas para llegar cada
día al trabajo y volver a casa: soportan atascos pacientemente, combinan
transportes imprescindibles, salvan obstáculos y distancias superando
triatlones diarios. El pensamiento se le escurre meses atrás. Recuerda
el informático con el que coincidió en febrero, en la comida familiar: se
desplaza hasta el trabajo en bici, no una bici de alquiler, tan de moda ahora,
sino la propia: no tiene que pagar nada por utilizarla. Últimamente tiene un
problema añadido, a raíz de las nuevas normativas: si la liga a una farola o
una señal, como hacía antes, se arriesga a pagar una multa dolorosa, que no se
puede permitir. Cuando llega, debe subir en brazos, por fuerza, hasta el
piso de las oficinas, dejándola en una especie de trastero. Todo esto se
lo contó mientras mojaban la “titaina” en el patio de la masía rural, para
dejarle claro que vivir y trabajar en Valencia no son coser y cantar. Vuelve
al presente. Piensa de nuevo en la chica morena. Esta chica no parece
tener dolores de cabeza: joven, delgada, despreocupada, enamorada. ¡Así
cualquiera! En cambio, ella ya no es joven. No demasiado. No
está delgada. No mucho. Tiene responsabilidades, las acepta. Y
preocupaciones. Muchas, por cierto. No está enamorada. Ya no. ¿Puede
haber más diferencias entre dos personas? Además, tiene dolor en el pie. Se
ha puesto los zapatos nuevos, en contra del consejo ofrecido por la voz de la
experiencia, y le están empezando a doler los talones. De pie la
irritación es casi insufrible. Antes de salir de casa, hace más de una
hora y muchos kilómetros atrás, ya ha empezado a notarlo. Por eso ha
cogido el último momento unas tiritas adhesivas. Las que había comprado
para su hija, aquellas "de diseño joven" según la farmacéutica: no
podía comprar tiritas de Mickey para una adolescente, así que optó por las del
Ágata Ruiz de la Prada, con corazones rojos sobre fondo fucsia: ¡una
combinación impactante! A medio camino de la estación ya se ha puesto una. Cuando
ha subido al tren, la tirita parecía una anguila, deslizándose tozudamente,
haciéndole más estorbo que servicio, recordándole que todo tiene un precio. Con
una clarividencia repentina, la mujer entiende la razón de su resentimiento
hacia la chica morena: ¡no se ha ganado la felicidad que disfruta! Ella,
en cambio, ha tenido que luchar por cada centímetro de superación, de
seguridad, de confort. Ahora es dispuesta a dejarlo todo atrás e irse a
vivir a Valencia, mezclándose entre la multitud de
personas anónimas que no conocen su pasado, ni la compadecerán cuando coincidan
comprando el pan. Se quiere dar la oportunidad de cambiar. O
de mejorar. Al menos, de empezar de nuevo otra vez, como si siempre fuera
posible hacerlo. Si lo admiten, claro. Todo depende de si le dan el
trabajo. Pero a poco que le ofrezcan un punto de seguro, está dispuesta a
hacer equilibrios sobre la cuerda floja... con una ciudad diferente como
espectadora: una Valencia saludablemente indiferente, ignorante de los
antecedentes del artista que lo arriesga todo con cada paso sobre el
precipicio. Mientras contempla como sonríe con travesura la chica morena,
se inquieta: no podrá soportar mucho tiempo la tirita hecha una chapuza, será
peor quitársela, cuando tenga que caminar será peor no llevar nada. En el
mismo momento en que, en el asiento delantero, el chico desgarbado revela
alguna confidencia al oído y la chica estalla en ruidosas carcajadas, decide
quitársela. Cuando la joven se sosiega, se dan tres o cuatro besos muy
seguidos, tan seguidos que la mujer no sabe cuántos le ha dado a los labios de su alborotado acompañado. O
en la barbilla, o en la mejilla, porque el chico también ríe, se mueve, y ella
sólo le acierta la boca a veces. Con el movimiento de vaivén, le repica un
cascabel que lleva en el cuello y le dando saltos las extensiones de colores de
los cabellos. "Estos no deben venir a Valencia a buscar trabajo",
dice la mujer, repasando la facha que hacen. Ella lleva un
vestido-chaqueta fresco, sufrido, porque no puede aparecer en el trabajo toda
arrugada. Ni cambiarse por el camino. No lleva una bolsa de mudarse. Ni
mochila, ni capazo. Dentro no cabe una muda. Sólo el currículo, el
monedero, las gafas, el móvil, la agenda, alguna tirita adhesiva de repuesto... ¡lo
más necesario! La chica morena sonríe dulcemente, azucarada su aura,
aguanta el rostro del chico con las dos manos, se acerca poco a poco y le da un
beso profundo, largo, abrasador, que incendia el espacio entre los asientos y
extiende el calor por todo el vagón. La mujer, que ha hecho todo el trayecto
delante de ellos tragándose besos y risas con cara exasperada, arranca
histéricamente la tirita del talón. Mirando adentro, no se da cuenta que
ha quedado enganchada, por puro azar, a orillas del asiento: un corazón de
sangre sobre fondo fresa meciéndose en el vacío... Todo a su alrededor se
oscurece repentinamente, negro sobre negro, como en sus pesadillas.
La chica y el chico
Miran por la ventana: sólo se ve una oscuridad densa,
antinatural. ¡Ya están! Se ríen porque han llegado. Ya sabían,
que el tren los llevaría hasta la estación, pero el hecho de sentir por
megafonía la confirmación de su creencia les hace sentirse seres afortunados,
personas con estrella. Se levantan a la vez y al mismo tiempo avanzan por
el pasillo, tan delgados y elásticos que comparten el escaso espacio confortablemente. Ninguno
de los dos se da cuenta que la chica ha arrastrado una tirita del asiento de la
mujer seria. Ahora, el colgante adherente adorna un lateral del pantalón. Pegada
a la ropa, la cintita adhesiva ingresa en el andén subterránea, sube hasta la
estación y atraviesa buena parte del vestíbulo. Cuando la pareja se detiene y
hace bromas ante unas imágenes del quiosco de prensa, auténtica avalancha de
imágenes y noticias frescas, la pequeña pieza se queda allí, suspendida por un
solo punto de contacto de una pila de periódicos. Los chicos van besándose,
tropezando brevemente con un hombre discreto, portador de una cartera negra.
El hombre
El hombre de negocios, Gerente de la empresa y Único
Responsable de Innumerables Tareas, no duda ni un momento ante el expositor:
cada día coge el mismo diario. La quiosquera no desperdicia saliva. Sólo
intercambian monedas. El hombre lleva el periódico en la mano y la tirita
escandalosamente romántica balanceándose de la cartera, como si dentro no
hubiera suficiente espacio para los asuntos con corazón. Sale de la
Estación del Norte con los oídos llenos del bullicio de voces, el gusto a café
en la lengua y el aroma a tinta impresa subiéndole hasta las narices. Atraviesa
espacios aún tranquilos. Cuando llega al edificio de oficinas, quince
minutos después, el tráfico ha aumentado notablemente: la ciudad ha arrancado
motores. Estira el cuello y tensa los hombros. Hoy deberá tomar
Decisiones Importantes.
La mujer
Ha salido de la estación, ignorando la oferta del metro y el
autobús porque no vale la pena: la
distancia es corta y tiene tiempo de sobra. A primera vista, la Plaza del
Ayuntamiento le parece arisca, poco acogedora. No se detiene, pues. Empieza
a caminar por la amplia arteria urbana hasta encontrar un punto de descanso más
amable y da allí un respiro a su talón. Lo contempla, enrojecido y sin
resguardo. No sabe qué ha hecho de aquel rectángulo brillante que lo
protegía. Revuelve dentro de la bolsa buscando un nuevo apósito. Olvida
su intención en encontrar el amuleto elegido como protección para la prueba de
hoy, la hoja con el poema escrito a mano apresuradamente. Susurra un fragmento
sin mirar las letras escritas: - Me he despojado de todo... Es mi
cuerpo que os habla. Cada vez, cada fisura le dice todo lo que soy y he
decidido a dar el primer paso y detrás de éste, todos los necesarios. Cuando
llega a la altura de la Alameda que le interesa, cojea ligeramente, pero no se
da cuenta.
El hombre
Ha leído el currículo, descubriendo unos méritos notables,
sin, duda antes de recibirla. No lo reconocerá ante nadie, pero preferiría
contratar a otro hombre. Al tenerla delante, recibe una agradable
impresión general, hasta detectar en sus ojos un miedo y un ansia que le
recuerdan, al menos remotamente, la mirada de su mujer, en paz descanse,
siempre pidiéndole sin palabras que la rescatara de ese cáncer devorador. Él
es experto en detectar gritos mudos. Ahora siendo uno que no quiere
escuchar. Va pasando las fases de la entrevista con la decisión tomada de
antemano. En cuanto se le presenta la oportunidad, suelta las palabras
liberadoras.
La mujer
Siente la fórmula estereotipada y reconoce la condena. El
acepta por un instante. Después se rebela. Él le acaba de hablar de
estilos diferentes como si eso fuera un obstáculo insalvable. Ella busca en
el entorno algo que le ayude. Observa aquel hombre extraño: ropa oscura,
rostro oscuro, cartera oscura... sobre lo que destaca, colgando, una
tirita atrevida, con un corazón candente a punto de caer al vacío desde el
borde del cuero negro. Mirándolo, sonríe. Él nota un cambio en la
expresión y en la postura de ella; ignora la causa; se desconcierta
momentáneamente.
- Diga lo que diga usted, sí tenemos algo en común...
Se le escapa una risa breve, como un hipo, mientras saca una
tirita sin estrenar de la bolsa. Cuando le enseña la pieza coloreada sobre
la mano extendida, hace un gesto con la cabeza señalando la cartera. Él no
entiende el gesto ni las palabras, pero responde a la orden silenciosa de la
misma manera que contestaba a los ruegos de su mujer sin cuestionar la utilidad
de las batallas. Se encuentra, pues, con dos flamantes corazones idénticos:
uno, arrugado, deslizándose suavemente de su propio maletín, el otro, liso,
nuevo, sobre una mano extendida que se acerca... Y oyendo de nuevo la voz
de ella, añadiendo: -¡Se lo digo con el corazón en la mano!
Aquella mujer se ríe de la situación, del chiste malo, de sí
misma y sus temores, de ellos dos y su mutuo desconocimiento. Él esperaba
una excusa para reír, sin saberlo, desde hacía mucho tiempo. Ahora
aprovecha la ocasión y lo hace, también brevemente, al captar el doble sentido de
la frase; aún le quedan migajas de humor en algún lugar y se le despiertan. La
experiencia le resulta agradable. Mira a la mujer con otros ojos: ya no ve
miedo, sólo esperanza. Piensa sin pensar que todo el mundo tiene derecho. Y
encaja aquella mano que se le ofrece extendida. El corazón frío,
sintético, se calienta en medio de una humanidad cálida que late
apresuradamente. Una hora después, ella vuelve a estar ante la Estación del
Norte, regalando un descanso a su talón y un respiro en su corazón. Contempla
la piel herida, sin protección. No tiene el futuro asegurado, ahora mismo,
pero la vida le ofrece una oportunidad y piensa aprovecharla. Recuerda de
nuevo el poema: Me he despojado de todo, he tirado mis joyas, mis ropas. Ahora
ando desnuda... y las sonrisas se me escapan de la boca... Como por
alusiones, una sonrisa se le instala • en los labios. Va
creciendo: le sube a los ojos, le ensancha el frente. El corazón se siente
risueño. Toda ella se alegra. - ¡Valencia, guapa,
prepárate! - Exclama, riendo y lanzando los zapatos al aire,
disfrutando de una sensación enternecedora de desnudez y libertad -¡Que vengo!